Fundación Bogotá Mía

Get Adobe Flash player

sábado, 28 de noviembre de 2015

El Relativismo y el incumplimiento de normas de tránsito.

Incumplimiento de normas de tránsito:

Las construcciones culturales propias del relativismo llevadas al Escenario de la Movilidad han creado un entorno favorable para la violencia vial que nos azota, aumentando la falta de competitividad de nuestra sociedad, afectando psicológicamente a nuestros conciudadanos y empeorando las dinámicas de convivencia en este Escenario. 

No puede ser de otra manera si tenemos en cuenta que hay quienes le han cambiado el significado a las señales de tránsito y a los elementos del mobiliario urbano, ahora resulta que cada quien quiere definir cuál es su uso según le convenga, porque desde el relativismo cada quien le puede asignar el valor y el significado que quiera a lo que quiera, a continuación presentamos 3 ejemplos de esta situación:

Fuente: Revista Bogotá Mía
 ü Hay quienes creen que la luz color naranja del semáforo no da aviso para alistarse a parar, sino que por el contrario la consideran  una indicación para acelerar, a ver si alcanzan a pasar, poniendo en riesgo a los demás actores de la movilidad; o que la intermitencia en la luz verde para peatones y bicicletas fuera una señal de partida para que los ciudadanos hagan gala de sus habilidades atléticas y así poder alcanzar a pasar en un breve periodo de tiempo en lugar de parar y esperar.

ü Para muchas personas los vehículos más que un medio de transporte son símbolos de estatus, por esa razón no pierden ningún evento social en el que puedan hacer alarde de su vehículo, consumir licor y conducir sin importar que este tipo de comportamientos le puedan infringir daño a personas inocentes que se ven afectadas en los accidentes de tránsito producidos por quienes con la complicidad de familiares y amigos deciden conducir en estado de embriaguez, pensando de manera equivocada que si para ellos está bien conducir en ese estado, entonces nadie puede impedírselo y están en todo su derecho. 

ü En los vehículos de transporte publico reina la anomia, vendedores ambulantes y drogadictos han encontrado en nuestro sistema de transporte una fuente de financiamiento gracias a miles de pasajeros que le compran sus productos y les dan dinero de manera irresponsable para consumir drogas, la inadecuada implementación gradual del sistema y la falta de compromiso por parte de las autoridades con la consolidación de un sistema de transporte público ordenado han permitido que el sistema sea lo que cada ciudadano quiera de él; así para unos es un escenario de enfrentamiento entre fanáticos violentos de los equipos deportivos, para otros es una lugar para robar, para vender, para mendigar, y otros lo ven como un espacio propicio para agredir a las mujeres acosándolas y aprovechando la congestión para faltarles al respeto, incluso hay quienes lo utilizan como dormitorio y se acuestan en los fuelles de los buses articulados de Transmilenio, etc. Todo lo anterior se hace según sea el parecer de cada ciudadano desde una mirada que relativiza el uso y la función de los componentes de nuestro sistema de transporte sin que exista una autoridad que genere dinámicas de respeto que nos permitan mejorar la convivencia.

Muchos de los problemas que nos afectan son el resultado de la materialización de la filosofía relativista que lleva a muchas personas a creer que lo que está bien y lo que está mal es relativo a lo que cada uno opina, puesto que cada uno le asigna valor a sus acciones u omisiones y así le van escurriendo el bulto al cumplimiento de las normas de tránsito, amparados en la falta de un correcto ejercicio de autoridad que existe gracias a la incoherencia institucional que no nos ha permitido identificar un rumbo hacia el cual todos debamos redirigir las dinámicas de nuestra querida Bogotá.  

En el Escenario de la Movilidad reina la falta de autocontrol, muchas personas se mueven basadas en una idea de libertad absoluta, se dejan llevar por sus impulsos, actúan sin prudencia y esa falta de autocontrol no nos permite construir relaciones de confianza. No podemos entregarle la capacidad de regular nuestros comportamientos ni a nuestros instintos ni al miedo a las consecuencias de carácter penal o económico que se pueden derivar de las malas actuaciones; por el contrario, nuestros comportamientos deben ser regulados por nuestra conciencia, no podemos seguir comportándonos como entes o creaturas indolentes que no se estremecen por el dolor ajeno, por el dolor de los demás seres humanos, nos hemos venido acostumbrado a ver como se descompone y degrada el milagro de la vida desde una mirada indolente, relativista y egocéntrica que solo reconoce la importancia de los derechos propios y de los seres queridos, pero le damos la espalda a la injusticia y la violencia cuando tocan a la puerta de nuestro vecino, así, alimentamos estos monstruos que en algún momento pueden tocar a nuestra puerta. Nuestra actitud frente a la situación actual de relativismo y violencia en el escenario de la movilidad debería hacernos recordar la célebre frase de Montesquieu: “Una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad”, si señores, y de esa sociedad formamos parte usted y yo, sus seres queridos y los míos, conocidos y extraños.

Nos queda el desafío de abrir los ojos del alma, para valorar y hacernos protectores de uno de los milagros del universo: los seres humanos. Ojala que pronto, todos podamos decir al igual que Cicerón: “Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo”, y dejemos de relativizar la importancia del cumplimiento de las normas de tránsito, ya que muchos de nuestros muertos lo son gracias a que en lugar de cumplir las normas y actuar de manera reflexiva hay quienes dicen: “un traguito no hace daño, yo así manejo bien, el problema es la policía de tránsito”, “el semáforo estaba en rojo, pero yo no vi ningún carro”, “eso yo mando a revisar el carro la otra semana”, “yo no uso el casco de la bici porque esa medida no me la consultaron”, “si el del carro me vio pues que frene”, “yo llevo sencillo por si me coge la policía”, etc.

De nosotros depende cambiar este tipo de patrones culturales y sustituirlos por unos que nos permitan valorarnos y protegernos en el marco de una cultura de la seguridad y la confianza, entendiendo que lo peor que nos puede pasar no es que nos impongan una sanción, sino hacerle daño a otro ser humano, a nuestra ciudad o a nosotros mismos, recordando que por cada víctima directa de la violencia vial hay varias víctimas indirectas, que sufren de igual manera, como familiares y amigos de quienes resultan muertos o sufren lesiones físicas y mentales. Debemos hacer de nuestra propia conciencia un activo intangible, porque como decía Immanuel Kant: “La conciencia es un instinto que nos lleva a juzgarnos a la luz de las leyes morales”.


viernes, 20 de noviembre de 2015

El Relativismo y los Habitantes de Calle

Habitantes de calle: 

Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos.
Confucio (551 AC-478 AC) Filósofo chino.

Me avergüenzo de esos filósofos que no quieren desterrar ningún vicio si no está castigado por el juez.
Cicerón (106 AC-43 AC) Escritor, orador y político romano.

Este es uno de los casos en los que podemos ver con precisión como el relativismo ha distorsionado nuestra percepción, llevándonos a evadir nuestra responsabilidad en la recuperación de los seres humanos que caen en esta condición. Aquí, una vez más aparecen los discursos sibilinos que promueven el pluralismo, el libre desarrollo de la personalidad y la libertad de actuar, creer y vivir como cada quien quiera, defendiendo una libertad negativa que desconoce la corresponsabilidad y justifica nuestra falta de voluntad y de acción bajo la sombrilla de una falsa evolución del pensamiento y la tolerancia social, llevadas al límite, para justificar y defender la descomposición humana frente a la indolencia de todos los actores de la sociedad. 


El incremento de los habitantes de calle en nuestra querida Bogotá y en todo nuestro país es el resultado de varias fallas de tipo personal, estructural y multisectorial en nuestra sociedad y nuestras instituciones, a manera de ejemplo podemos mencionar brevemente las siguientes:

ü Estamos perdiendo la guerra contra los narcotraficantes que promueven el consumo en nuestros menores para ampliar y consolidar un mercado en el que jóvenes de colegios y universidades son consumidores. Lamentablemente a este fenómeno se le ha denominado micro-tráfico y se han implementado micro-soluciones que no han sido efectivas y por el contrario han permitido que estos narcotraficantes lleguen a promover el consumo en nuestros menores de edad.

ü La Familia, como la primera y más importante institución de formación de ciudadanos se ha debilitado, lo que ha permitido que nuestros jóvenes tomen referentes negativos y hagan un mal uso de su tiempo, cuerpo y mente, amparados en una legislación y una cultura sumamente permisivas y carentes de cualquier sentido de construcción de ciudadanía y tejido social.

ü No tenemos una oferta institucional adecuada para darle la mano a quienes a causa del abandono de sus parientes, la muerte de familiares y la inexistencia de una red de apoyo que los proteja, se ven obligados a vivir en la calle.

ü No contamos con programas institucionales eficientes y ambiciosos de prevención y tratamiento en materia de salud mental, que le brinden a nuestra población la asistencia profesional adecuada para evitar que personas con problemas mentales abandonen sus hogares y lleguen a vivir en las precarias condiciones de la calle.

ü La administración pública, el sector privado y la sociedad no ha considerado importante construir una cultura favorable a la vida sana, a la promoción del deporte, el arte y demás actividades que permitan desarrollar y construir lo mejor de cada individuo. La oferta institucional en materia del uso y aprovechamiento del tiempo por parte de nuestros jóvenes es insuficiente para hacerle frente a la cultura que promueve el consumo de drogas, alcohol y la cultura de la ilegalidad.

ü Hemos asumido que los habitantes de calle son parte del paisaje y que es nuestro deber respetar, aceptar su condición, y “dejar así” sin importar el precio que tenemos que pagar a nivel colectivo en materia de seguridad, salubridad, convivencia, y desarrollo económico, entre otros aspectos, todo lo anterior con los pretextos del pluralismo y la tolerancia, con los cuales justificamos el abandono en el que se encuentran estas personas que deben ser rescatadas de ese infierno por su bien y el de toda nuestra sociedad.

ü Muchas familias generan dinámicas de agresión que no le permiten a nuestros jóvenes construir relaciones de confianza y seguridad con su entorno familiar más cercano, razón por la cual estas familias se convierten en expulsoras de los miembros más jóvenes y vulnerables, situación que los puede llevar a buscar salidas perjudiciales para todos en el corto, mediano y largo plazo. En esta dirección hace falta incorporar programas de capacitación para que cada uno de los miembros de la familia dimensione su rol y actúe de manera corresponsable, solidaria y constructiva con el primer escenario de construcción de sociedad: La Familia.

¿Cómo ha permeado el relativismo la forma en que vemos y tratamos a los habitantes de calle?

ü Hemos evadido nuestra responsabilidad en la generación de las condiciones que le facilitan a las personas llegar y especialmente permanecer habitando la calle cuando hacemos rentable esta actividad y le damos dinero a los habitantes de calle, financiando su consumo y debilitando los programas de atención que le brinda el Estado a esta población. Por una parte decimos que es el Estado quien debe brindarles atención y proteger sus derechos fundamentales mientras que con nuestra limosna los incentivamos a seguir ejerciendo la mendicidad, la intimidación y consumiendo las sustancias que los degradan y fortalecen las estructuras delictivas que comercian este tipo de sustancias. No podemos seguir descargando toda la responsabilidad en el Estado recordándole a los funcionarios que el artículo 13 de nuestra constitución señala que “el Estado protegerá especialmente a aquellas personas que por su condición económica, física o mental, se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta (...)”  mientras con buenas, pero poco inteligentes intenciones financiamos su consumo y fortalecemos las cadenas que los atan a la drogadicción y a vivir en la calle.

ü No podemos seguir tolerando que otros seres humanos vivan en esta condición disfrazando nuestra indolencia con  un discurso vacío de respeto a la diversidad, el pluralismo y la tolerancia, mientras estas personas se descomponen, roban y asesinan para financiar su consumo. Recordemos que la Corte Constitucional en 1997, en la Sentencia T 046 de 1997 señalaba que: “La indigencia constituye uno de los problemas sociales más notorios y sensibles del país, si se tiene en cuenta que quienes carecen de recursos económicos mínimos para subsistir, se encuentran igualmente en muchos casos incapacitados para trabajar debido a su edad o estado de salud y, además, adolecen de una familia que les brinde apoyo tanto material como espiritual. (…) Ciertamente el estado de indigencia atenta contra la eficacia de los derechos fundamentales”. Debemos implementar programas de acción que promuevan la inserción social de estas personas desde una perspectiva de salud pública que no le cierre espacios a medidas de carácter penal cuando el consumidor haya delinquido y afectado a los demás para satisfacer su drogodependencia, drogadicción o farmacodependencia, como la quieran llamar. Lo anterior demuestra que “hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la humanidad”[1], no solo por las instituciones públicas y privadas, sino también por parte de  los actores de la sociedad civil, quienes a su vez se ven afectados por el comportamiento de los habitantes de calle.

ü Gradualmente hemos venido aceptando falsas premisas en defensa del todo vale, el deje así, y el cada quien puede elegir lo que quiera, pensando erróneamente que las decisiones individuales no tienen ningún impacto en los demás, hemos olvidado que “el desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma”[2], también hemos devaluado el papel de la autoridad en la formación de los seres humanos, ¿Para qué autoridad si cada quien es libre de pensar y actuar como quiera? ¿Para qué educar en valores como el respeto, la solidaridad, la prudencia y la amistad; si cada quien es libre de armar su paquete de valores o anti valores según le convenga? Nos ahogamos en el mar del relativismo al creer que todos somos libres por naturaleza y al defender irracionalmente el “derecho” a una libertad negativa que aparentemente permite el desarrollo pleno del individuo, cuando en realidad nos limita, y en lugar de permitirnos elevar nuestro espíritu, nos ancla en el mundo de los vicios, el egoísmo, la violencia y la cultura del menor esfuerzo, madre de la cultura de la ilegalidad y de la mediocridad que no permiten que mejoremos nuestra calidad de vida. Hoy pagamos un precio muy alto por el impacto que causa la defensa a ultranza de una libertad negativa sin restricciones que ofrece engañosamente la posibilidad de volar por el mundo como águilas y realmente nos limita, permitiéndonos en el mejor de los casos volar como las gallinas, cuando no nos hace arrastrar por el mundo, bajo el amparo engañoso de la libertad por la libertad. Y así vamos por el mundo, siendo testigos del debilitamiento de cualquier idea de Autoridad, empezando por el papel de los padres de familia, quienes cada vez tienen menos tiempo y menos herramientas para formar a sus hijos, también el papel de los maestros, quienes no trabajan con las mejores condiciones y tienen que hacer frente a situaciones adversas en materia de salarios y promoción profesional, lo que desincentiva a que los mejores opten por esta noble, importante y vital profesión para las sociedades. Y terminando con el lamentable ejemplo que dan muchos funcionarios públicos (no todos) quienes deslegitiman el rol de la Autoridad actuando en beneficio personal y anulando el interés colectivo, materializan sus fallas en actos de corrupción, omisión en el cumplimiento de sus funciones, trabajando mediocremente o trabajando con el mínimo de sus capacidades y vocación de servicio cobijado con la certeza de que hagan o no hagan, trabajando bien o trabajando mal su sueldo va a llegar cada mes.  

ü Llegados a este punto de la lectura, amigo lector o amiga lectora, usted entenderá que cuando se confronta el relativismo de moda que tanto nos afecta, la cultura de la ilegalidad, de la indiferencia, del todo vale y del deje así,  aparecen quienes califican esta labor como propia de posiciones sectarias, fanáticas e intolerantes. Esa es la lectura que hacen quienes creen que  todos los puntos de vista son válidos, y rechazan incluso la evidente descomposición biológica, psicológica, social, familiar y cultural a la que se exponen quienes consumen drogas y viven en la calle. Hay quienes no quieren entender que no se puede defender una idea de desarrollo personal “a merced de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su propio «yo» sobre la base de un «sí mismo» que nos ha sido dado. No sólo las demás personas se nos presentan como no disponibles, sino también nosotros para nosotros mismos. El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma”[3].

A continuación presentamos a manera de conclusión algunas sugerencias para que todos le hagamos frente con nuestras acciones diarias a este paradigma relativista que encadena a quienes se encuentran habitando la calle y que legitiman dinámicas que nos afectan a todos como sociedad: 

ü Denuncie las bandas de Microtráfico que están destruyendo a nuestros jóvenes en  colegios y universidades.

ü Adviértale a sus hijos de las posibles ofertas que estos delincuentes les pueden hacer y el peligro que representan, porque consumir drogas no es un acto de astucia sino de autodestrucción.

ü Promueva desde su hogar y con todos los miembros de su Familia el correcto uso del tiempo, el cuerpo y la mente, para avanzar en la construcción de mejores seres humanos y por ende de una mejor ciudadanía.

ü Evalué sus actuaciones para que no sea usted quien propicie dinámicas de agresión en su hogar, para que sus acciones no resulten siendo las expulsoras de los miembros más vulnerables de su familia, recuerde que se puede ejercer autoridad sin necesidad de maltratar física y psicológicamente a nadie, las correcciones y los llamados al orden se deben hacer con firmeza, inteligencia, pero por sobre todo con mucho amor.

ü Bríndele su apoyo a quienes a causa del abandono de sus parientes, la muerte de familiares y la inexistencia de una red de apoyo que los proteja, se ven obligados a vivir en la calle. Si usted no los puede ayudar busque apoyo en el ICBF, en las Comisarias de Familia y demás instituciones que lo puedan orientar para apoyar a quien más lo necesita.

ü Construyamos desde el hogar una cultura favorable a la vida sana, a la promoción del deporte, el arte, la formación académica y demás actividades que permitan desarrollar y construir lo mejor de cada individuo. Cerrémosle la puerta al consumo de drogas, alcohol y la cultura de la ilegalidad.

ü Debemos entender que los habitantes de calle no son parte del paisaje y debemos hacer todo lo posible para que superen esa condición, no podemos seguir con la cultura del  “deje así”, esto lo único que hace es aumentar su proceso de degradación y permite que crezcan muchos más problemas sociales.

ü Al dar limosna y regalar comida facilitamos a las personas llegar y especialmente permanecer habitando la calle. No podemos hacer rentable esta actividad financiando su consumo porque al hacerlo debilitamos los programas de atención que le brinda el Estado a esta población, fortalecemos a las bandas de Microtráfico y los atamos más a su situación de drogodependencia.

ü No aceptemos las falsas premisas en defensa del todo vale, el deje así, y el cada quien puede elegir lo que quiera, porque las decisiones individuales SI tienen un impacto en los demás.

ü Recuperemos el principio de Autoridad en el hogar enseñando con el ejemplo, viviendo una vida sana y  educando en  valores como el respeto, la solidaridad, la prudencia y la amistad.  

ü No podemos desconocer la evidente descomposición biológica, psicológica, social, familiar y cultural a la que se exponen quienes consumen drogas y viven en la calle. No podemos ser indiferentes, debemos hacer algo.

ü Señores Funcionarios Públicos: Por favor creen programas institucionales eficientes y ambiciosos de prevención y tratamiento en materia de salud mental, ya que muchas personas con problemas mentales son muy vulnerables y pueden llegar a vivir en la calle. Urgentemente debemos recuperar a quienes a causa de enfermedades mentales hoy se encuentran en esta situación.  





[1] Sumo Pontífice Benedicto XVI, “Carta Encíclica Caritas in Veritate”, Capítulo Cuarto: Desarrollo  de  los  pueblos, derechos  y deberes,  Ambiente, Numeral 43.
[2] Ibíd. Capítulo Sexto: El desarrollo  de  los  pueblos y  la  técnica, Numeral 68.
[3] Ibíd. Capítulo Sexto: El  desarrollo de los pueblos y la técnica, Numeral 68. 

viernes, 13 de noviembre de 2015

El Relativismo y la compra de objetos robados

Compra de objetos robados: 

En desarrollo de nuestro Ciclo de Seguridad Ciudadana hicimos la publicación de:  Accionespreventivas para cerrarle espacios a la delincuencia, el cual está acompañado de otros dos artículos, el primero es Consumo en la economía informal: incentivopara el contrabando y el segundo es Compra de objetos robados:incentivo para la inseguridad. Con estos contenidos invitamos a nuestros conciudadanos a reflexionar sobre las consecuencias que estas acciones tienen en el complejo entramado de actividades delictivas que afectan nuestra seguridad.

Esta problemática se sigue presentando porque existe un puente entre la ilegalidad, la criminalidad, la violencia y nuestra cotidianidad, el cual está formado por nuestra aceptación frente al delito y la construcción de medidas que minimizan la importancia de nuestros problemas y han defendido y construido nuestros sistemas jurídico y cultural basados en las falsas premisas de lo que hoy conocemos como “mínimas cuantías” y “normas mínimas”, respectivamente. A estas dos expresiones se suma el coro de quienes legitiman la delincuencia como consecuencia de la falta de oportunidades y escasas posibilidades de desarrollo económico. La actual pérdida de confianza en la justicia y el blindaje jurídico que promueve el actuar de los delincuentes  se dan como resultado del debilitamiento institucional y social producido por la Ley de mínimas cuantías; esta, es una medida construida en el pasado y protegida en el presente por quienes olvidaron que “trabajar por el bien común es cuidar, por un lado, y utilizar, por otro, ese conjunto de instituciones que estructuran jurídica, civil, política y culturalmente la vida social, que se configura así como pólis, como ciudad. Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja por un bien común que responda también a sus necesidades reales,”[1] como la protección de la vida, el patrimonio,  la confianza en nuestra sociedad y el derecho a vivir la ciudad.

Fuente: Alex Cruz
Minimizar los problemas en términos jurídicos y retóricos no ocasiona una disminución en el impacto que genera esta espiral de violencia cotidiana a la cual nos acostumbramos y la cual nos muestra como por teléfonos celulares, dinero en efectivo y demás elementos, los delincuentes bañan con la sangre de inocentes nuestra ciudad, todo lo anterior bajo el amparo de lo que se considera “mínima cuantía”. Esta es una forma jurídica de legitimar e incentivar los crímenes y la violencia, la cual “frena el desarrollo auténtico e impide la evolución de los pueblos hacia un mayor bienestar socioeconómico y espiritual”[2]. Pensar que cada quien puede hacer lo que quiera, sin importar el impacto de sus acciones, simplemente atendiendo a lo que determina su voluntad de manera irreflexiva nos ha llevado al estado actual en materia de  seguridad ciudadana, vivimos en la época de “la perspectiva de la autonomía radical”[3], en la cual se dejaron de lado la formación en valores y la construcción de tejido social en el marco de la solidaridad: hoy se privilegia al individuo sobre la comunidad, privilegiando también el interés particular, espontaneo y emotivo en detrimento de la construcción de una racionalidad colectiva que nos impulse a la construcción de respuestas a los desafíos de carácter global que hoy nos afectan en los entornos urbanos, olvidamos que “negada la racionalidad solo queda la exaltación de la voluntad manifestada en los instintos”[4], y que las acciones que no toman en consideración a los demás muchas veces terminan afectando a un número de personas mayor que el que se puede considerar desde una mirada individualista irreflexiva que pone por encima los derechos individuales ignorando nuestros deberes con los otros individuos únicos, valiosos e irremplazables que conforman nuestra sociedad.

En este momento de nuestra historia vivimos “en un contexto social y cultural, que con frecuencia relativiza la verdad, bien desentendiéndose de ella, bien rechazándola”[5], o minimizando la relevancia de los argumentos que se muestran contrarios al progresismo que nos invita a aceptar cualquier tipo de conductas, incluso la compra de objetos robados y de contrabando amparados en la lógica de la racionalidad económica que busca obtener beneficios (los objetos deseados) al menor costo económico posible, sin importar el costo social que todos pagamos al vivir con miedo a causa de la inseguridad que nosotros mismos alimentamos con nuestra compra, al momento de ignorar la procedencia de los bienes que adquirimos de segunda mano, debemos recordar que “hay una convergencia entre ciencia económica y valoración moral. Los costes humanos son siempre también costes económicos y las disfunciones económicas comportan igualmente costes humanos”[6]

Este análisis no ha sido tenido en cuenta en la estructuración política, cultural e ideológica de nuestro deteriorado sistema judicial, que cada día tiene más y más problemas para castigar a los criminales, brindar justicia a las víctimas y propender hasta donde sea posible por la resocialización.

Nuestra sociedad no podrá sobrevivir ni mejorar si seguimos pensando que lo que hacemos es correcto siempre y cuando para nosotros sea válido y nos sirva, aunque sea incorrecto, y dejemos de pensar en el impacto que tienen nuestras acciones sobre los demás, no podemos poner en juego nuestros valores y nuestros principios según sea la situación, según sea nuestra conveniencia, justificando lo que está mal si esto nos beneficia, no podemos acomodar nuestra escala de valores según la situación en la que nos encontramos, de eso depende la construcción de relaciones de confianza entre los ciudadanos, las instituciones y nuestras normas. La célebre frase del actor y humorista estadounidense Groucho Marx: "Estos son mis principios. Si no te gustan tengo otros.", dejo de ser un chiste para convertirse en una realidad en nuestra sociedad.

Todos podemos construir una cultura de la seguridad si deslegitimamos la compra de objetos robados y anulamos el discurso que nos han querido imponer quienes legitiman las “mínimas cuantías” y las “normas mínimas”. Debemos anular la posibilidad de que compremos cosas robadas o de dudosa procedencia y censurar a quienes lo hacen; así le daremos ejemplo a nuestros niños y niñas para que ellos entiendan que deben darle importancia a sus acciones y dimensionar el impacto que tienen en la sociedad; esto es muy importante, ya que debemos recordar que la mayoría de quienes delinquen y agreden a los demás vienen de un contexto familiar en el cual no hubo una correcta formación en valores.

El relativismo invadió nuestra sociedad, nuestra economía, nuestra justicia, nuestros centros de formación, los medios de comunicación y nuestros hogares. De nosotros depende que nuestra sociedad se ahogue en una visión individualista que privilegie la satisfacción irreflexiva de los deseos de cada persona o que podamos construir una cultura de la seguridad en la cual cada uno tome decisiones pensando no solo en su bienestar sino en el impacto colectivo de sus acciones. Nuestro primer objetivo debe ser construir una sociedad que actué en el marco del correcto equilibrio entre derechos y deberes para poder trascender a una sociedad que busque el bienestar general y el desarrollo económico, académico, personal y espiritual de cada uno de los individuos en el marco de la solidaridad y el amor por el otro, porque “La «ciudad del hombre» no se promueve sólo con relaciones de derechos y deberes sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas, otorgando valor teologal y salvífico a todo compromiso por la justicia en el mundo”[7].





[1] Sumo Pontífice Benedicto XVI, “Carta Encíclica Caritas in Veritate”, Introducción, Numeral 7.
[2] Ibid. Capítulo Segundo: El desarrollo humano en nuestro tiempo, Numeral 29.                     
[3] Mons. Reig Pla Juan Antonio, “Hemos conocido el amor. Carta pastoral con motivo del año de la caridad”, Alcalá de Henares, Septiembre, 2014, Pág. 14. Disponible en: http://www.obispadoalcala.org/pdfs/2014_Reig_Carta_Pastoral_Caridad.pdf
[4] Ibíd.
[5] Op.cit. Sumo Pontífice Benedicto XVI, “Carta Encíclica Caritas in Veritate”, Introducción, Numeral 2.
[6] Ibíd., Capítulo  Segundo: El  Desarrollo  Humano  en  Nuestro  Tiempo, Numeral 32.
[7] Sumo Pontífice Benedicto XVI, “Carta Encíclica Caritas in Veritate”, Introducción, Numeral 6. 

NIT: 900450111 - 4, e-mail: informacion@fundacionbogotamia.org, www.fundacionbogotamia.org

Celular: 3144863763 / 3202977055. Dirección: Carrera 3a #20-17 o 20-21. Oficina 505. BOGOTÁ - COLOMBIA