Fundación Bogotá Mía

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viernes, 20 de noviembre de 2015

El Relativismo y los Habitantes de Calle

Habitantes de calle: 

Los vicios vienen como pasajeros, nos visitan como huéspedes y se quedan como amos.
Confucio (551 AC-478 AC) Filósofo chino.

Me avergüenzo de esos filósofos que no quieren desterrar ningún vicio si no está castigado por el juez.
Cicerón (106 AC-43 AC) Escritor, orador y político romano.

Este es uno de los casos en los que podemos ver con precisión como el relativismo ha distorsionado nuestra percepción, llevándonos a evadir nuestra responsabilidad en la recuperación de los seres humanos que caen en esta condición. Aquí, una vez más aparecen los discursos sibilinos que promueven el pluralismo, el libre desarrollo de la personalidad y la libertad de actuar, creer y vivir como cada quien quiera, defendiendo una libertad negativa que desconoce la corresponsabilidad y justifica nuestra falta de voluntad y de acción bajo la sombrilla de una falsa evolución del pensamiento y la tolerancia social, llevadas al límite, para justificar y defender la descomposición humana frente a la indolencia de todos los actores de la sociedad. 


El incremento de los habitantes de calle en nuestra querida Bogotá y en todo nuestro país es el resultado de varias fallas de tipo personal, estructural y multisectorial en nuestra sociedad y nuestras instituciones, a manera de ejemplo podemos mencionar brevemente las siguientes:

ü Estamos perdiendo la guerra contra los narcotraficantes que promueven el consumo en nuestros menores para ampliar y consolidar un mercado en el que jóvenes de colegios y universidades son consumidores. Lamentablemente a este fenómeno se le ha denominado micro-tráfico y se han implementado micro-soluciones que no han sido efectivas y por el contrario han permitido que estos narcotraficantes lleguen a promover el consumo en nuestros menores de edad.

ü La Familia, como la primera y más importante institución de formación de ciudadanos se ha debilitado, lo que ha permitido que nuestros jóvenes tomen referentes negativos y hagan un mal uso de su tiempo, cuerpo y mente, amparados en una legislación y una cultura sumamente permisivas y carentes de cualquier sentido de construcción de ciudadanía y tejido social.

ü No tenemos una oferta institucional adecuada para darle la mano a quienes a causa del abandono de sus parientes, la muerte de familiares y la inexistencia de una red de apoyo que los proteja, se ven obligados a vivir en la calle.

ü No contamos con programas institucionales eficientes y ambiciosos de prevención y tratamiento en materia de salud mental, que le brinden a nuestra población la asistencia profesional adecuada para evitar que personas con problemas mentales abandonen sus hogares y lleguen a vivir en las precarias condiciones de la calle.

ü La administración pública, el sector privado y la sociedad no ha considerado importante construir una cultura favorable a la vida sana, a la promoción del deporte, el arte y demás actividades que permitan desarrollar y construir lo mejor de cada individuo. La oferta institucional en materia del uso y aprovechamiento del tiempo por parte de nuestros jóvenes es insuficiente para hacerle frente a la cultura que promueve el consumo de drogas, alcohol y la cultura de la ilegalidad.

ü Hemos asumido que los habitantes de calle son parte del paisaje y que es nuestro deber respetar, aceptar su condición, y “dejar así” sin importar el precio que tenemos que pagar a nivel colectivo en materia de seguridad, salubridad, convivencia, y desarrollo económico, entre otros aspectos, todo lo anterior con los pretextos del pluralismo y la tolerancia, con los cuales justificamos el abandono en el que se encuentran estas personas que deben ser rescatadas de ese infierno por su bien y el de toda nuestra sociedad.

ü Muchas familias generan dinámicas de agresión que no le permiten a nuestros jóvenes construir relaciones de confianza y seguridad con su entorno familiar más cercano, razón por la cual estas familias se convierten en expulsoras de los miembros más jóvenes y vulnerables, situación que los puede llevar a buscar salidas perjudiciales para todos en el corto, mediano y largo plazo. En esta dirección hace falta incorporar programas de capacitación para que cada uno de los miembros de la familia dimensione su rol y actúe de manera corresponsable, solidaria y constructiva con el primer escenario de construcción de sociedad: La Familia.

¿Cómo ha permeado el relativismo la forma en que vemos y tratamos a los habitantes de calle?

ü Hemos evadido nuestra responsabilidad en la generación de las condiciones que le facilitan a las personas llegar y especialmente permanecer habitando la calle cuando hacemos rentable esta actividad y le damos dinero a los habitantes de calle, financiando su consumo y debilitando los programas de atención que le brinda el Estado a esta población. Por una parte decimos que es el Estado quien debe brindarles atención y proteger sus derechos fundamentales mientras que con nuestra limosna los incentivamos a seguir ejerciendo la mendicidad, la intimidación y consumiendo las sustancias que los degradan y fortalecen las estructuras delictivas que comercian este tipo de sustancias. No podemos seguir descargando toda la responsabilidad en el Estado recordándole a los funcionarios que el artículo 13 de nuestra constitución señala que “el Estado protegerá especialmente a aquellas personas que por su condición económica, física o mental, se encuentren en circunstancia de debilidad manifiesta (...)”  mientras con buenas, pero poco inteligentes intenciones financiamos su consumo y fortalecemos las cadenas que los atan a la drogadicción y a vivir en la calle.

ü No podemos seguir tolerando que otros seres humanos vivan en esta condición disfrazando nuestra indolencia con  un discurso vacío de respeto a la diversidad, el pluralismo y la tolerancia, mientras estas personas se descomponen, roban y asesinan para financiar su consumo. Recordemos que la Corte Constitucional en 1997, en la Sentencia T 046 de 1997 señalaba que: “La indigencia constituye uno de los problemas sociales más notorios y sensibles del país, si se tiene en cuenta que quienes carecen de recursos económicos mínimos para subsistir, se encuentran igualmente en muchos casos incapacitados para trabajar debido a su edad o estado de salud y, además, adolecen de una familia que les brinde apoyo tanto material como espiritual. (…) Ciertamente el estado de indigencia atenta contra la eficacia de los derechos fundamentales”. Debemos implementar programas de acción que promuevan la inserción social de estas personas desde una perspectiva de salud pública que no le cierre espacios a medidas de carácter penal cuando el consumidor haya delinquido y afectado a los demás para satisfacer su drogodependencia, drogadicción o farmacodependencia, como la quieran llamar. Lo anterior demuestra que “hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la humanidad”[1], no solo por las instituciones públicas y privadas, sino también por parte de  los actores de la sociedad civil, quienes a su vez se ven afectados por el comportamiento de los habitantes de calle.

ü Gradualmente hemos venido aceptando falsas premisas en defensa del todo vale, el deje así, y el cada quien puede elegir lo que quiera, pensando erróneamente que las decisiones individuales no tienen ningún impacto en los demás, hemos olvidado que “el desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma”[2], también hemos devaluado el papel de la autoridad en la formación de los seres humanos, ¿Para qué autoridad si cada quien es libre de pensar y actuar como quiera? ¿Para qué educar en valores como el respeto, la solidaridad, la prudencia y la amistad; si cada quien es libre de armar su paquete de valores o anti valores según le convenga? Nos ahogamos en el mar del relativismo al creer que todos somos libres por naturaleza y al defender irracionalmente el “derecho” a una libertad negativa que aparentemente permite el desarrollo pleno del individuo, cuando en realidad nos limita, y en lugar de permitirnos elevar nuestro espíritu, nos ancla en el mundo de los vicios, el egoísmo, la violencia y la cultura del menor esfuerzo, madre de la cultura de la ilegalidad y de la mediocridad que no permiten que mejoremos nuestra calidad de vida. Hoy pagamos un precio muy alto por el impacto que causa la defensa a ultranza de una libertad negativa sin restricciones que ofrece engañosamente la posibilidad de volar por el mundo como águilas y realmente nos limita, permitiéndonos en el mejor de los casos volar como las gallinas, cuando no nos hace arrastrar por el mundo, bajo el amparo engañoso de la libertad por la libertad. Y así vamos por el mundo, siendo testigos del debilitamiento de cualquier idea de Autoridad, empezando por el papel de los padres de familia, quienes cada vez tienen menos tiempo y menos herramientas para formar a sus hijos, también el papel de los maestros, quienes no trabajan con las mejores condiciones y tienen que hacer frente a situaciones adversas en materia de salarios y promoción profesional, lo que desincentiva a que los mejores opten por esta noble, importante y vital profesión para las sociedades. Y terminando con el lamentable ejemplo que dan muchos funcionarios públicos (no todos) quienes deslegitiman el rol de la Autoridad actuando en beneficio personal y anulando el interés colectivo, materializan sus fallas en actos de corrupción, omisión en el cumplimiento de sus funciones, trabajando mediocremente o trabajando con el mínimo de sus capacidades y vocación de servicio cobijado con la certeza de que hagan o no hagan, trabajando bien o trabajando mal su sueldo va a llegar cada mes.  

ü Llegados a este punto de la lectura, amigo lector o amiga lectora, usted entenderá que cuando se confronta el relativismo de moda que tanto nos afecta, la cultura de la ilegalidad, de la indiferencia, del todo vale y del deje así,  aparecen quienes califican esta labor como propia de posiciones sectarias, fanáticas e intolerantes. Esa es la lectura que hacen quienes creen que  todos los puntos de vista son válidos, y rechazan incluso la evidente descomposición biológica, psicológica, social, familiar y cultural a la que se exponen quienes consumen drogas y viven en la calle. Hay quienes no quieren entender que no se puede defender una idea de desarrollo personal “a merced de nuestro capricho, ya que todos sabemos que somos un don y no el resultado de una autogeneración. Nuestra libertad está originariamente caracterizada por nuestro ser, con sus propias limitaciones. Ninguno da forma a la propia conciencia de manera arbitraria, sino que todos construyen su propio «yo» sobre la base de un «sí mismo» que nos ha sido dado. No sólo las demás personas se nos presentan como no disponibles, sino también nosotros para nosotros mismos. El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma”[3].

A continuación presentamos a manera de conclusión algunas sugerencias para que todos le hagamos frente con nuestras acciones diarias a este paradigma relativista que encadena a quienes se encuentran habitando la calle y que legitiman dinámicas que nos afectan a todos como sociedad: 

ü Denuncie las bandas de Microtráfico que están destruyendo a nuestros jóvenes en  colegios y universidades.

ü Adviértale a sus hijos de las posibles ofertas que estos delincuentes les pueden hacer y el peligro que representan, porque consumir drogas no es un acto de astucia sino de autodestrucción.

ü Promueva desde su hogar y con todos los miembros de su Familia el correcto uso del tiempo, el cuerpo y la mente, para avanzar en la construcción de mejores seres humanos y por ende de una mejor ciudadanía.

ü Evalué sus actuaciones para que no sea usted quien propicie dinámicas de agresión en su hogar, para que sus acciones no resulten siendo las expulsoras de los miembros más vulnerables de su familia, recuerde que se puede ejercer autoridad sin necesidad de maltratar física y psicológicamente a nadie, las correcciones y los llamados al orden se deben hacer con firmeza, inteligencia, pero por sobre todo con mucho amor.

ü Bríndele su apoyo a quienes a causa del abandono de sus parientes, la muerte de familiares y la inexistencia de una red de apoyo que los proteja, se ven obligados a vivir en la calle. Si usted no los puede ayudar busque apoyo en el ICBF, en las Comisarias de Familia y demás instituciones que lo puedan orientar para apoyar a quien más lo necesita.

ü Construyamos desde el hogar una cultura favorable a la vida sana, a la promoción del deporte, el arte, la formación académica y demás actividades que permitan desarrollar y construir lo mejor de cada individuo. Cerrémosle la puerta al consumo de drogas, alcohol y la cultura de la ilegalidad.

ü Debemos entender que los habitantes de calle no son parte del paisaje y debemos hacer todo lo posible para que superen esa condición, no podemos seguir con la cultura del  “deje así”, esto lo único que hace es aumentar su proceso de degradación y permite que crezcan muchos más problemas sociales.

ü Al dar limosna y regalar comida facilitamos a las personas llegar y especialmente permanecer habitando la calle. No podemos hacer rentable esta actividad financiando su consumo porque al hacerlo debilitamos los programas de atención que le brinda el Estado a esta población, fortalecemos a las bandas de Microtráfico y los atamos más a su situación de drogodependencia.

ü No aceptemos las falsas premisas en defensa del todo vale, el deje así, y el cada quien puede elegir lo que quiera, porque las decisiones individuales SI tienen un impacto en los demás.

ü Recuperemos el principio de Autoridad en el hogar enseñando con el ejemplo, viviendo una vida sana y  educando en  valores como el respeto, la solidaridad, la prudencia y la amistad.  

ü No podemos desconocer la evidente descomposición biológica, psicológica, social, familiar y cultural a la que se exponen quienes consumen drogas y viven en la calle. No podemos ser indiferentes, debemos hacer algo.

ü Señores Funcionarios Públicos: Por favor creen programas institucionales eficientes y ambiciosos de prevención y tratamiento en materia de salud mental, ya que muchas personas con problemas mentales son muy vulnerables y pueden llegar a vivir en la calle. Urgentemente debemos recuperar a quienes a causa de enfermedades mentales hoy se encuentran en esta situación.  





[1] Sumo Pontífice Benedicto XVI, “Carta Encíclica Caritas in Veritate”, Capítulo Cuarto: Desarrollo  de  los  pueblos, derechos  y deberes,  Ambiente, Numeral 43.
[2] Ibíd. Capítulo Sexto: El desarrollo  de  los  pueblos y  la  técnica, Numeral 68.
[3] Ibíd. Capítulo Sexto: El  desarrollo de los pueblos y la técnica, Numeral 68. 

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