Fundación Bogotá Mía

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sábado, 28 de noviembre de 2015

El Relativismo y el incumplimiento de normas de tránsito.

Incumplimiento de normas de tránsito:

Las construcciones culturales propias del relativismo llevadas al Escenario de la Movilidad han creado un entorno favorable para la violencia vial que nos azota, aumentando la falta de competitividad de nuestra sociedad, afectando psicológicamente a nuestros conciudadanos y empeorando las dinámicas de convivencia en este Escenario. 

No puede ser de otra manera si tenemos en cuenta que hay quienes le han cambiado el significado a las señales de tránsito y a los elementos del mobiliario urbano, ahora resulta que cada quien quiere definir cuál es su uso según le convenga, porque desde el relativismo cada quien le puede asignar el valor y el significado que quiera a lo que quiera, a continuación presentamos 3 ejemplos de esta situación:

Fuente: Revista Bogotá Mía
 ü Hay quienes creen que la luz color naranja del semáforo no da aviso para alistarse a parar, sino que por el contrario la consideran  una indicación para acelerar, a ver si alcanzan a pasar, poniendo en riesgo a los demás actores de la movilidad; o que la intermitencia en la luz verde para peatones y bicicletas fuera una señal de partida para que los ciudadanos hagan gala de sus habilidades atléticas y así poder alcanzar a pasar en un breve periodo de tiempo en lugar de parar y esperar.

ü Para muchas personas los vehículos más que un medio de transporte son símbolos de estatus, por esa razón no pierden ningún evento social en el que puedan hacer alarde de su vehículo, consumir licor y conducir sin importar que este tipo de comportamientos le puedan infringir daño a personas inocentes que se ven afectadas en los accidentes de tránsito producidos por quienes con la complicidad de familiares y amigos deciden conducir en estado de embriaguez, pensando de manera equivocada que si para ellos está bien conducir en ese estado, entonces nadie puede impedírselo y están en todo su derecho. 

ü En los vehículos de transporte publico reina la anomia, vendedores ambulantes y drogadictos han encontrado en nuestro sistema de transporte una fuente de financiamiento gracias a miles de pasajeros que le compran sus productos y les dan dinero de manera irresponsable para consumir drogas, la inadecuada implementación gradual del sistema y la falta de compromiso por parte de las autoridades con la consolidación de un sistema de transporte público ordenado han permitido que el sistema sea lo que cada ciudadano quiera de él; así para unos es un escenario de enfrentamiento entre fanáticos violentos de los equipos deportivos, para otros es una lugar para robar, para vender, para mendigar, y otros lo ven como un espacio propicio para agredir a las mujeres acosándolas y aprovechando la congestión para faltarles al respeto, incluso hay quienes lo utilizan como dormitorio y se acuestan en los fuelles de los buses articulados de Transmilenio, etc. Todo lo anterior se hace según sea el parecer de cada ciudadano desde una mirada que relativiza el uso y la función de los componentes de nuestro sistema de transporte sin que exista una autoridad que genere dinámicas de respeto que nos permitan mejorar la convivencia.

Muchos de los problemas que nos afectan son el resultado de la materialización de la filosofía relativista que lleva a muchas personas a creer que lo que está bien y lo que está mal es relativo a lo que cada uno opina, puesto que cada uno le asigna valor a sus acciones u omisiones y así le van escurriendo el bulto al cumplimiento de las normas de tránsito, amparados en la falta de un correcto ejercicio de autoridad que existe gracias a la incoherencia institucional que no nos ha permitido identificar un rumbo hacia el cual todos debamos redirigir las dinámicas de nuestra querida Bogotá.  

En el Escenario de la Movilidad reina la falta de autocontrol, muchas personas se mueven basadas en una idea de libertad absoluta, se dejan llevar por sus impulsos, actúan sin prudencia y esa falta de autocontrol no nos permite construir relaciones de confianza. No podemos entregarle la capacidad de regular nuestros comportamientos ni a nuestros instintos ni al miedo a las consecuencias de carácter penal o económico que se pueden derivar de las malas actuaciones; por el contrario, nuestros comportamientos deben ser regulados por nuestra conciencia, no podemos seguir comportándonos como entes o creaturas indolentes que no se estremecen por el dolor ajeno, por el dolor de los demás seres humanos, nos hemos venido acostumbrado a ver como se descompone y degrada el milagro de la vida desde una mirada indolente, relativista y egocéntrica que solo reconoce la importancia de los derechos propios y de los seres queridos, pero le damos la espalda a la injusticia y la violencia cuando tocan a la puerta de nuestro vecino, así, alimentamos estos monstruos que en algún momento pueden tocar a nuestra puerta. Nuestra actitud frente a la situación actual de relativismo y violencia en el escenario de la movilidad debería hacernos recordar la célebre frase de Montesquieu: “Una injusticia hecha al individuo es una amenaza hecha a toda la sociedad”, si señores, y de esa sociedad formamos parte usted y yo, sus seres queridos y los míos, conocidos y extraños.

Nos queda el desafío de abrir los ojos del alma, para valorar y hacernos protectores de uno de los milagros del universo: los seres humanos. Ojala que pronto, todos podamos decir al igual que Cicerón: “Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo”, y dejemos de relativizar la importancia del cumplimiento de las normas de tránsito, ya que muchos de nuestros muertos lo son gracias a que en lugar de cumplir las normas y actuar de manera reflexiva hay quienes dicen: “un traguito no hace daño, yo así manejo bien, el problema es la policía de tránsito”, “el semáforo estaba en rojo, pero yo no vi ningún carro”, “eso yo mando a revisar el carro la otra semana”, “yo no uso el casco de la bici porque esa medida no me la consultaron”, “si el del carro me vio pues que frene”, “yo llevo sencillo por si me coge la policía”, etc.

De nosotros depende cambiar este tipo de patrones culturales y sustituirlos por unos que nos permitan valorarnos y protegernos en el marco de una cultura de la seguridad y la confianza, entendiendo que lo peor que nos puede pasar no es que nos impongan una sanción, sino hacerle daño a otro ser humano, a nuestra ciudad o a nosotros mismos, recordando que por cada víctima directa de la violencia vial hay varias víctimas indirectas, que sufren de igual manera, como familiares y amigos de quienes resultan muertos o sufren lesiones físicas y mentales. Debemos hacer de nuestra propia conciencia un activo intangible, porque como decía Immanuel Kant: “La conciencia es un instinto que nos lleva a juzgarnos a la luz de las leyes morales”.


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