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sábado, 19 de septiembre de 2015

El Relativismo y el Consumo de Drogas.

Consumo de Drogas:

Todos los vicios, con tal de que estén de moda, pasan por virtudes.
Molière (1622-1673) Comediografo francés.

Aunque contamos con evidencia científica que demuestra el deterioro progresivo de los seres humanos que consumen sustancias psicoactivas, y vemos día a día la descomposición de quienes consumen este tipo de sustancias en nuestra ciudad, hay quienes de manera equivocada consideran que la elección de consumir o no este tipo de sustancias es una decisión de carácter personal y defienden este tipo de actividad como un derecho de elección en el marco del libre desarrollo de la personalidad, la autodeterminación y el pluralismo.

En este caso, el relativismo ha llevado a un sector de la sociedad a validar este tipo de consumo, dejando de lado el impacto que este tiene en nuestra ciudad en materia de seguridad, ya que la ansiedad por el consumo lleva a muchos drogadictos a robar a nuestros conciudadanos para financiar su consumo; se olvida también que los consumidores fortalecen las redes de microtráfico, multiplicando así el fenómeno delincuencial en nuestra ciudad. Quienes defienden y promueven el consumo de este tipo de sustancias olvidan también que las familias de los drogadictos enfrentan problemas de descomposición familiar, ya que “si bien es cierto que no todos los consumidores de drogas incurren en comportamientos delictivos, es evidente que el consumo de drogas pone en peligro, no sólo al consumidor, sino a los que le rodean. El primer impacto es recibido por su familia”[1]. Los núcleos familiares muchas veces pierden parte de su patrimonio, en el mejor de los casos, en la recuperación del consumidor, pero muchas veces pierden bienes de uso doméstico, joyas y dinero a manos de quien busca recursos para pagarle a las bandas de microtráfico las drogas que consume, de esta manera “los defensores de la legalización terminan, sin darse cuenta, justificando tácitamente toda la cadena delictiva que se desarrolla alrededor del narcotráfico, sin mencionar el daño que hacen las drogas ilícitas por sí mismas, aparte del causado por su tráfico.”[2]

Esta interpretación relativista que valida la legitimación de la posibilidad de que cada quien decida que quiere consumir ha creado el escenario adecuado para que las dinámicas inherentes al consumo, producción, comercialización y transporte de drogas invada sectores estratégicos de nuestra sociedad como nuestros centros de formación, familias, parques y algunos sectores de nuestra querida Bogotá como el Bronx y parte de San Bernardo, entre otros sectores; invisibilizando problemáticas derivadas de la falta de desarrollo económico, cultural y espiritual en nuestra sociedad. La mediatización de los temas prioritarios de la agenda a nivel colectivo en el marco de la video política nos permite ver como “se aprecia con frecuencia una relación entre la reivindicación del derecho a lo superfluo, e incluso a la transgresión y al vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales en ciertas regiones del mundo subdesarrollado y también en la periferia de las grandes ciudades”[3].  Hay quienes se escandalizan al escuchar discursos en contra del consumo de drogas y sus problemas conexos, pero poco y nada les interesa la calidad de vida de hombres, mujeres y niños que viven en condiciones de pobreza estructural y que limitan su desarrollo integral en las sociedades modernas.

Quienes relativizan el consumo de drogas también olvidan que su venta, como en cualquier otro negocio, busca incrementar su rentabilidad minimizando sus costos y ampliando el número de consumidores,  razón por la cual se busca de manera constante optimizar los beneficios de los vendedores promoviendo el incremento del número de consumidores e incentivando un mayor consumo por parte de quienes ya lo son; esto ha llevado a que se amplié la oferta a nuestros jóvenes llegando incluso a los planteles educativos, aprovechando la actual legislación contenida en el código de menores para instrumentalizarlos en todas las actividades asociadas al tema de las drogas incentivando en ellos el consumo. Todo lo anterior es legitimado por quienes desde el inicio relativizan el daño que puede causar el consumo de drogas a nivel individual y colectivo, quienes creen que cualquier persona tiene el derecho a elegir el camino de la degradación son quienes crean el contexto cultural para que se multipliquen los actos de delincuencia que matan, hieren y despojan de sus pertenencias a todos nuestros familiares, amigos y a nosotros mismos. De allí la importancia de recordarle a quienes defienden el consumo, que a pesar de las engañosas ventajas de una hipotética legalización, “incluso si uno asume que los crímenes cometidos para alimentar el abuso de drogas disminuirían, los crímenes cometidos bajo la influencia de las drogas, así como la violencia crónica en la familia y en la comunidad, podrían incrementarse”[4].

El abandono de la validez de las ideas del bien y del mal por parte del relativismo pluralista aleja del discurso la existencia de lo bueno y de lo malo, pero no podrá cambiar la realidad. Nuestro país se ha visto afectado por la droga de muchas maneras, en los años ochenta y noventa la violencia producida como resultado de la guerra entre carteles y entre estos y el Estado cobró muchas vidas, el narcotráfico sentó las bases para el debilitamiento institucional producido por la corrupción, en la sociedad creó la cultura del dinero fácil, lo que ha llevado a muchas de nuestras compatriotas a instrumentalizar la belleza como mecanismo de acceso a una mejor calidad de vida y a muchos de nuestros compatriotas a tomar el camino corto de la delincuencia para conseguir dinero robando, asesinando, secuestrando, extorsionando o ejerciendo cualquier clase de actividad delictiva que genere beneficios económicos a corto plazo.

La caída de los grandes carteles colombianos le abrió el espacio a los grandes carteles de droga mexicanos, lo que sin lugar a dudas implicó un replanteamiento del sistema de producción y de consumo a nivel internacional. Los productores de droga colombianos ya no tienen la capacidad de dominar el mercado del narcotráfico, su participación en el negocio a escala internacional se ha reducido, impactando negativamente su margen de rentabilidad, lo que los ha llevado a fortalecer sus operaciones en el mercado interno. En este mercado son nuestros jóvenes los clientes potenciales y es a ellos hacia quienes enfilan todas sus baterías para hacer que el negocio continúe siendo rentable. Lamentablemente, la cadena involucrada con la producción, distribución y comercialización de las drogas encuentra un terreno abonado en nuestra sociedad gracias a quienes promueven el consumo y quienes defienden el derecho individual a elegir si se quiere consumir o no, dejando de lado el impacto que este tipo de acciones tiene para toda la sociedad en el corto, mediano y largo plazo, ya que no podemos negar que “…existe un porcentaje de usuarios de drogas que incurre en conductas delictivas, bien sea bajo la influencia de las drogas, y/o para conseguirlas”[5].

Aunque muchas personas crean que decidir consumir o no es una elección inofensiva que solo atañe a cada individuo y que quien consume no le hace daño a nadie, es importante que entendamos que eso NO ES CIERTO, “el paso del consumo a la dependencia pasa desapercibido por el consumidor mismo. Esto aumenta los riesgos para la salud y los riesgos sociales”[6]. Las drogas no son inofensivas, por el contrario plantean grandes desafíos para la seguridad ciudadana, la salud pública e impacta negativamente a quien consume, a su familia, a su entorno escolar o laboral, a la sociedad y a las futuras generaciones. No podemos seguir cayendo en miradas ideologizadas, debemos atender a una lectura de las circunstancias y los hechos objetivos de la realidad, la cual día a día nos muestra como los drogadictos roban, hieren y asesinan a personas inocentes por conseguir el dinero que les permita comprar las drogas de las cuales son adictos; dejamos de ser un país productor para ser un país consumidor, diariamente se multiplican los escenarios de violencia a causa del consumo de drogas. Todo lo anterior bajo el amparo de sectores académicos, mediáticos y políticos que no han dimensionado el impacto que la mirada relativista sobre el tema de las drogas ha causado en nuestra sociedad y que atacan a quienes se oponen a la degradación social, llegando a afirmar incluso que “el principal sustento del prohibicionismo de drogas es supuestamente de orden moral. Para algunos es inconcebible permitir sustancias adictivas que destruyen la vida de millones de personas”[7].

La actual crisis del sistema judicial y del sistema carcelario es el resultado de la materialización del relativismo en materia de política pública y aceptación cultural frente a las drogas; en nuestras manos está la posibilidad de hacerle frente a esta situación acabando con el discurso que legitima el consumo de drogas de manera activa y dejando de lado nuestra indiferencia, ya que aunque muchos de nosotros creamos que este problema no nos toca, todos estamos expuestos a que alguno de nuestros amigos, familiares, vecinos o cualquier persona de nuestro entorno caiga en esta situación. No dejemos que el discurso progresista amparado en el pluralismo siga profundizando el relativismo que basado en discursos grandilocuentes y libertarios legitiman la degradación humana y la descomposición social, recuerden que “El camino al infierno está empedrado de buenas intenciones”.





[1] Gómez Rubio Juan David, “8 mitos de la legalización de las drogas”, Instituto de Estudios del Ministerio Publico (IEMP) ediciones, Bogotá, Julio de 2012, Pág. 45.
[2] Ibíd. Pág. 12.
[3] Sumo Pontífice Benedicto XVI, “Carta Encíclica Caritas in Veritate”, Capítulo Cuarto desarrollo de los  pueblos, derechos y deberes, ambiente, Numeral 43.
[4] Op.cit. Gómez Rubio Juan David, “8 mitos de la legalización de las drogas”, Instituto de Estudios del Ministerio Publico (IEMP) ediciones, Bogotá, Julio de 2012, Pág. 22.
[5] Ibíd. Pág. 42.
[6] Ibíd. Pág. 47.
[7] Tascón Forero Álvaro, “El dilema moral de los narcóticos”, 25 de Marzo de 2012, En: El Espectador. Disponible en: http://www.elespectador.com/opinion/el-dilema-moral-de-los-narcoticos-columna-334456

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