Fundación Bogotá Mía

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viernes, 7 de febrero de 2014

Ciclo de Participación Política y Social

“Si todo te da igual; estás haciendo mal las cuentas”.
Albert Einstein

La participación política y social es un elemento inherente a la democracia y es a su vez un derecho y un deber de todos los ciudadanos. Dadas las características de nuestra forma de gobierno, necesitamos una ciudadanía comprometida con el devenir de la sociedad en sus diferentes aspectos temáticos a nivel local, distrital, municipal, departamental y nacional. Necesitamos avanzar en la construcción de una ciudadanía como la propuesta, entre otros[1],  por Adela Cortina, es decir una “ciudadanía activa que tenga derechos pero que también sea capaz de asumir sus responsabilidades”, y que no reduzca  el desafío de la construcción de ciudadanía únicamente al acceso y protección de los derechos, ya que desde esta perspectiva de ciudadanía activa es posible comprender que “no sólo el Estado debe intervenir en el proceso de construcción de la ciudadanía sino también la sociedad, y por otra parte, el status de ciudadano no se agota con el acceso a los derechos”[2].

La participación política y social es un derecho consagrado en el artículo 40 de nuestra constitución, las instituciones y nuestros conciudadanos nos deben brindar (y nosotros a ellos) los espacios para participar de los asuntos de interés colectivo respetando la pluralidad, promoviendo la tolerancia, el respeto y la protección de nuestros derechos y libertades políticas, civiles, sociales y económicas, en el entendido de que son condiciones necesarias para el desarrollo individual y colectivo, además que nosotros también debemos crear estas condiciones para los demás. Asimismo, es un derecho porque al participar de lo público se puede hacer seguimiento o control social a la gestión pública para garantizar que sus resultados sean los esperados y tengan una incidencia real en la mejora de nuestras condiciones de vida. Sin embargo, debemos tener en cuenta que la condición de Ciudadanía “no sólo se expresa en el pleno ejercicio de los derechos, sino que se amplía a prácticas de participación en la gestión y administración que nos conectan con una idea más activa de la ciudadanía social (Rabotnikof, 1993: 88)”[3], razón por la cual debemos entendernos como agentes sociales mucho más complejos, cuya capacidad de participación no se agota en la exigencia del cumplimiento de sus derechos.  

La otra cara de la moneda nos muestra que la participación política y social es un deber porque las dinámicas políticas y sociales que construyen nuestra realidad y determinan nuestro destino colectivo están determinadas por la suma de millones de actos individuales. Nuestras acciones y omisiones, al igual que nuestras decisiones le dan forma a la sociedad que vivimos y en la cual van a vivir nuestros hijos, de allí la importancia de actuar con responsabilidad, dejar de lado la indiferencia y no caer en la cómoda trampa del individualismo, que nos aleja de la construcción de sentido de pertenencia y del fortalecimiento de la solidaridad, que tanta falta hacen en los entornos urbanos, por esta razón “se le exige a la ciudadanía actual la articulación del proceso de gobernabilidad y del proceso de representación a partir del control ciudadano de la gestión gubernamental y de la participación”[4].

Todos tenemos la responsabilidad de construir capital social como elemento fundamental de la mejora sostenible de nuestra calidad de vida y del desarrollo cultural,  político, económico y social, entendiendo que “el capital social puede ser definido, simplemente como un conjunto de valores o normas informales compartidas entre los miembros de un grupo, que permiten la cooperación entre los mismos. Si los miembros de ese grupo aceptan que los demás integrantes del mismo se comportaran en forma correcta y honesta, terminaran por confiar los unos en los otros”[5].

También, debemos ejercer control social para hacer que los recursos públicos (humanos y económicos) estén orientados a la consecución de los objetivos propuestos de manera clara y eficiente, por lo cual es necesario evaluar el proceder de las instituciones y todos los funcionarios públicos, sean estos elegidos por voto popular o no. Es muy importante que el control sobre lo público y nuestra participación política y social se hagan con responsabilidad,  legalidad, objetividad, ética, conocimiento de causa, respeto por los funcionarios y por los demás conciudadanos, además de un claro y fehaciente interés por el bien público y un profundo sentido de pertenencia, entre otras cosas.

Apoyar o manifestar nuestro acuerdo o desacuerdo frente a decisiones tomadas por parte de los funcionarios públicos, denunciar los actos que nos afectan, reivindicar nuestros derechos, cumplir nuestros deberes y respaldar a quienes representan nuestros intereses en el marco de la legalidad, son acciones que permiten avanzar en la construcción de una democracia en la cual exista una retroalimentación adecuada entre las instituciones y la ciudadanía, por esta razón es necesario que las instituciones estén en condición de facilitarle a la ciudadanía información, espacios de consulta, la posibilidad de proponer iniciativas, de deliberar, de decidir y ejercer control sobre la gestión pública. Pero por sobre todo, las instituciones públicas deben cumplir con la palabra dada dentro de los tiempos propuestos, ya que solo así se pueden construir relaciones de respeto y confianza por las instituciones y se garantizaran el respaldo y la credibilidad en los compromisos a los que se llegue en desarrollo de las instancias de participación.

Existen espacios de participación formal e informal, dependiendo de si están reglamentados en normas concretas o no, pero en ambos casos podemos encontrar la naturaleza democratizadora, deliberante y participativa de nuestra sociedad. Ejemplo de un espacio formal es la revocatoria de mandato, mientras que un espacio de participación informal son las redes sociales y el manejo que desde allí se da de los debates de carácter político en nuestra nación, el control social y la denuncia que se hace cuando piezas de comunicación son creadas y compartidas por la ciudadanía, dejando de lado el protagonismo de los medios de comunicación en materia de información y análisis de los temas de actualidad, en este momento de la historia, los ciudadanos tenemos un rol cada vez más importante en materia de comunicación y difusión de la información de nuestro interés con todos nuestros familiares y amigos. 

Iniciamos esta publicación con una frase de Albert Einstein en la que se llama la atención sobre el error de la indiferencia y la apatía: “Si todo te da igual; estás haciendo mal las cuentas”. Es necesario que avancemos en la construcción de una ciudadanía que asuma con compromiso y solidaridad su condición de Ciudadanía Activa ya que “en esta visión cobra centralidad el desarrollo de espacios públicos, diferentes del Estado, como expresión de autonomía y vitalidad de la sociedad civil. Por ello, la ciudadanía activa exige ser sujeto de derechos y ser sujeto de la construcción pública común, es decir constituirse en actores en la creación de espacios, intereses y discursos públicos con sentido de identidad y pertenencia a una determinada comunidad política. Esa comunidad política debe establecerse sobre relaciones de interdependencia, responsabilidad, solidaridad y lealtad entre sus miembros”[6].






[1] “En esta línea de pensamiento se ubica Hannah Arendt, quien considera a la ciudadanía como el espacio de construcción de lo público (Arendt, 1993: 75). En este espacio público cobra centralidad la noción de la política basada en la idea de ciudadanía republicana, esto es, en el valor e importancia del compromiso cívico y de la deliberación colectiva en todos los temas que afectan a la comunidad política. Esta dimensión activa de la ciudadanía pone el acento en las responsabilidades que los sujetos tienen con la comunidad política a la que pertenecen y exige no sólo un discurso sino también un accionar comprometido con el interés general y el bien común. Frente a esta postura podemos advertir que las concepciones pasivas reducen el problema de la ciudadanía al simple acceso a los derechos”. En: Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 47.
[2] Ibíd. Pág. 46.
[3] Ibíd. Pág.47.
[4] Ibíd. Pág. 51.
[5] Lara Nelson, “Capital social, participación política y abstención electoral. Perfil de la abstención desde la óptica del capital social”, Ediciones Edgartorre Libros, Madrid, 2005, Pág. 81.
[6] Op.cit. Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 48. 

Bogotanos: a estudiar la hoja de vida de los candidatos.

Cuando una persona busca trabajo debe hacer una carta de presentación en la cual sintetice algunos aspectos personales, académicos y laborales que les digan a los demás quien es, cuál es su formación, cuáles son sus logros académicos y laborales, su experiencia, etc.; para que la persona que la estudia sepa si esta persona cumple con los requerimientos para desarrollar de la mejor manera determinada labor y entrar a formar parte de un equipo de trabajo de manera armónica, sumando al propósito misional de la institución o la empresa. A ese documento se le conoce como hoja de vida y cada quien la presenta según sea su grado de formación, su experiencia y sus habilidades.

Todos en algún momento hemos entregado o vamos a entregar nuestra hoja de vida con el propósito de ponerla a consideración para conseguir trabajo en una empresa o institución, desarrollar nuestro potencial en beneficio colectivo e individual  y además recibir una remuneración económica que nos permita vivir de manera digna, para acceder a condiciones de  bienestar que nos permitan satisfacer nuestras necesidades y las de nuestros seres queridos,  todos queremos llegar con ellos a la cúspide de la pirámide propuesta por el psicólogo estadounidense Abraham Maslow y logar un nivel de crecimiento y autorrealización satisfactorio.

Pirámide de Maslow
Después de entregar nuestra hoja de vida inicia un proceso de selección, en el cual se escogerá a la persona o a las personas consideradas más idóneas para determinada labor, en ocasiones no seremos los llamados, en otras oportunidades conseguiremos el trabajo que buscamos, es en ese momento donde inicia nuestra oportunidad de ofrecer un trabajo honesto y de calidad para nuestros empleadores y nuestra sociedad.

De la misma forma en que nuestra hoja de vida es sometida a observación para ser contratados y desempeñar alguna actividad laboral, en temporada de elecciones muchas personas ponen a nuestra consideración la suya para votar a su favor y acceder a los cargos de elección popular; es allí donde debemos asumir de manera responsable nuestro rol de seleccionadores, ya que con nuestro voto podemos apoyar personas con las capacidades académicas, profesionales, éticas, experiencia y honorabilidad para desempeñar aquellos cargos desde los cuales se debe trabajar por el bien público o  por el contrario, si elegimos mal podemos hacer que personas sin estas capacidades y sin la motivación real de trabajar por el bien público ocupen estos espacios, desde los cuales poco o nada pueden hacer por construir una mejor sociedad. 

Voto
Para dimensionar la importancia que reviste nuestra elección vamos a tomar un ejemplo del sector privado: los CEO (Chief Executive Officer).  Dentro de la dinámica empresarial se han abierto espacio estas tres letras, que hacen referencia al principal responsable del manejo de una empresa;  Howard Shultz  (CEO global de Starbucks), Jeffrey P. Bezos (Amazon.com), Yun Jong – Yong (Samsung Electronics), Robert Iger (Disney) y John Chen (BlackBerry) son algunos de los CEO más reconocidos a nivel mundial, a todos los caracteriza su liderazgo, inteligencia, responsabilidad y compromiso con el buen funcionamiento de sus compañías, ya que de esto dependen miles de puestos de trabajo, la mejora en la prestación de sus servicios, la calidad de sus productos, todos los aspectos que de manera colateral impactan el desarrollo económico y social de las sociedades en las cuales tienen influencia y la rentabilidad de los accionistas. Ellos y todos los CEO, de grandes y pequeñas empresas, sean famosos o no, tienen la responsabilidad de motivar a todos sus colaboradores para sacar adelante las empresas de las cuales derivan su sustento económico, deben liderar con ética, ejemplo, claridad y honestidad estos equipos de trabajo para hacer frente a las dinámicas económicas y sociales cambiantes en la sociedad global y responder por las decisiones de carácter administrativo que hayan tomado, o dejado de tomar ante sus accionistas, sus compañeros, la sociedad, las instituciones y los consumidores. La elección de estas personas no se hace de manera abierta y democrática, muchos de ellos han fundado estas empresas y quizá esta sea la razón por la cual trabajan con tanto compromiso y lealtad para hacer que estos proyectos que alguna vez fueron la idea de un soñador no se caigan  sino que por el contrario se sostengan y crezcan, en otros casos, las personas que llegan a ocupar estos cargos han  sido seleccionadas después de una rigurosa revisión de su hoja de vida por parte de los miembros de las juntas directivas, quienes son conscientes de la importancia de una buena selección y solo nombran personas con probada capacidad para asumir estas funciones y responsabilidades. Amigo lector: ¿Usted cree que se podría nombrar de manera ligera e irresponsable a cualquier persona para liderar una compañía y asumir estas responsabilidades? 

Debemos dimensionar la seriedad y la responsabilidad de la Función Pública, ya que de ello depende el manejo de los temas de interés colectivo. Quienes son electos asumen poderes y competencias constitucionales para ejercer las funciones propias de los cargos a los cuales se postulan, además de una remuneración económica considerable, una mejora sustancial en su calidad de vida y en muchas ocasiones privilegios como vehículos con conductores de la fuerza pública y un esquema de seguridad para garantizar su protección. Lo mínimo que podemos esperar es que la confianza que manifestamos mediante nuestro voto no se vea defraudada  sino que valga la pena, que se compense nuestro consentimiento a elegir a las personas por las cuales vamos a ser gobernados ya que sus decisiones nos van a afectar, y veamos retribuido nuestro voto de confianza con un trabajo serio, inteligente, constante, honesto, coherente y constructivo que mejore nuestra calidad de vida y la de todos nuestros conciudadanos, dándole vida así a la representación política en nuestro sistema democrático que debe propender por el bien público sin olvidar que “el principio de la representación colectiva reviste gran importancia y mantiene actualidad desde el momento que fueron desplazados los fueros medievales de privilegio y se incorpora el principio de igualdad ante la ley”[1].

El escritor y periodista italiano Alberto Pincherle, cuyo pseudónimo era Alberto Moravia, indicaba con mucha razón que “curiosamente, los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado”, es importante recordar que debemos ser muy conscientes de que nuestra elección debe ser responsable, porque si en el sector privado falla un CEO, colapsa o se afecta una unidad económica y a quienes forman parte de ella, pero si fallan los servidores públicos que nosotros hemos elegido se ve afectada toda nuestra sociedad y con ella millones de seres humanos veremos afectada nuestra calidad de vida y las condiciones que vamos a crear para las futuras generaciones no van a ser las mejores. Lamentablemente muchas de las fallas del sector público nos parecen normales, pero lo más grave es que algunas son casi imperceptibles para nosotros y parecieran no afectar a nadie, pero realmente desde lo público se puede construir lentamente un contexto empobrecedor, inseguro, con escasas posibilidades de desarrollo económico, social y humano. Por esta razón, nosotros como ciudadanía debemos actuar como una gran junta directiva para elegir y ejercer control sobre los asuntos que nos conciernen a todos. Las personas que elijamos deben estar en condición de cumplir con las propuestas de campaña, cumplir de manera eficiente con las labores que exige su cargo, al igual que representarnos y tomar posición en las situaciones coyunturales que se presenten en desarrollo de la vida de nuestra nación.

En los periodos electorales tenemos la responsabilidad de evaluar con detenimiento las hojas de vida que son puestas a nuestra consideración para elegir a quienes deben trabajar por construir una mejor Colombia y una mejor Bogotá. De nosotros depende que quienes lleguen allí sean las personas ideales, capaces de hacerle frente a las dificultades de nuestra nación y no personas que se pierdan en el confort y la comodidad de la función pública olvidando el propósito con el cual llegaron a ocupar estos cargos llenos de privilegios, pero más aun de responsabilidades, ya que la falta de efectividad en la Gestión Pública, se nos factura directamente a los ciudadanos. Este es el momento para retirarle nuestro respaldo a quienes han jugado con nuestras expectativas y no han cumplido con lo que nos prometieron. Es el momento para anular a quienes han actuado en contravía del interés general por sus acciones u omisiones, con nuestro voto y nuestro voz a voz podemos ejercer una sanción electoral para quienes se quieren reelegir o aspiran por primera vez a ocupar un cargo cuya dignidad y funciones consideramos son superiores a sus capacidades intelectuales, morales, políticas, éticas y programáticas. Al igual que una junta directiva sancionaría a un CEO por su responsabilidad en la pérdida de valor de una compañía, nosotros los ciudadanos como miembros de una gran junta directiva (nuestra sociedad) debemos sancionar y acabar con la impunidad política, social y democrática de la que gozan algunas personas que declaman arengas a favor del bienestar general, pero con su actuar nos han afectado y no han estado a la altura de las circunstancias en la ejecución de las labores que les hemos delegado.

Debemos abstraernos del ruido, de la contaminación visual y auditiva que se exacerba durante la campaña electoral, confundiéndonos y llevándonos a sobrevalorar las imágenes y los slogan, el engañoso marketing político va a enfilar todas sus baterías sobre nosotros para generarnos una necesidad y ofrecernos una respuesta representada en colores, números, columnas y filas en el tarjetón; nadie puede negar que “la circulación de signos monetarios en momentos pre-electorales llega a su clímax. Cientos de millones de pesos sirven para imprimir los afiches que van a adornar las paredes de los edificios, la casa del poblador tugurial, el vetusto rancho del campesino pobre, y hasta los puentes, los postes y las murallas abandonadas reciben el impacto de la revolución del almidón, de la goma y del afiche. En cierta forma la conducta de las personas logra condiciones a través de esta propaganda masiva. No podemos negar en ningún momento que lo que entra por los órganos de los sentidos se vaya a diluir tan rápidamente no produciendo ningún efecto, para quien ha invertido en él,”[2] de allí la importancia de evitar las distracciones y hacer una muy buena elección, en la tranquilidad del hogar, documentándonos, buscando más información si es necesario y conversando con familiares y amigos, sin renunciar nunca a nuestro propio criterio.

Los invitamos a actuar como miembros de una gran junta directiva y votar por personas capaces de sacar adelante agendas programáticas ambiciosas que nos permitan resolver nuestros problemas presentes sin renunciar a la construcción del futuro que todos soñamos, a votar por personas que promuevan el fortalecimiento institucional y tengan la experiencia suficiente para asumir un cargo para el cual el liderazgo es pieza fundamental para la consolidación de acuerdos honorables en el marco de nuestra democracia, y por sobre todo, los invitamos a votar por personas que hayan demostrado su genuino interés por el bienestar público antes que el particular y el personal, que entienda que debe mejorar la calidad de vida de las personas promoviendo trabajo digno y de calidad para satisfacer sus necesidades básicas y las de sus seres queridos, ya que “mientras el hombre no puede satisfacer adecuadamente esas necesidades, los conceptos de libertad y de democracia son meros sofismas de distracción”[3].

Que Dios Bendiga a Colombia y a Bogotá.






[1] Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 44. 
[2] Ávila Abel, “Abstención y anticarisma en Colombia”, Ediciones Universidades Simón Bolívar, Primera Edición, 1980, Pág. 57.
[3] Ibíd. Pág. 20.

En Bogotá y nuestra querida Colombia el voto ni se compra ni se vende

Muchas de las acciones que se desarrollan en nuestra sociedad nos parecen normales, pensamos que por formar parte de nuestros hábitos o costumbres, cuentan con una validación que les brinda legitimidad, sin embargo, debemos recordar que: la compra de objetos robados, la compra de productos de contrabando, la corrupción, conducir vehículos en estado de embriaguez, el plagio o copia en los centros de formación académica, dar dinero a drogadictos y delincuentes, sentarse o acostarse en el fuelle de TransMilenio, entre otras, son acciones que forman parte de nuestra cotidianidad y nos hacen daño  a todos como sociedad. Tenemos pendiente darle respuesta a estos problemas, y especialmente a una acción que aunque solo se presenta en época electoral, nos afecta durante mucho más tiempo: la compra y venta de votos.

Aunque hoy nos parezca normal tener derecho al voto, debemos recordar que este es un logro histórico cuya importancia radica en que “la extensión del sufragio termina con los privilegios e incrementa la participación activa de los ciudadanos en los asuntos públicos”[1],  muchas personas a lo largo de la historia fueron excluidas de este importante derecho político por su condición económica, de género, etc., y cientos de miles de compatriotas han regado con su sangre el árbol de la democracia que hoy vivimos.

Nuestro voto debe ser el resultado de un proceso de evaluación de las propuestas y hojas de vida de los candidatos, con nuestro apoyo podemos hacer que la función pública esté en manos de personas  idóneas; personas que sean capaces de “1) defender los intereses de los ciudadanos de forma que cuanto hagan lo ordenen a ellos, olvidándose del propio provecho; y, 2) velar sobre todo el cuerpo de la República, no sea que, atendiendo a la protección de una parte, abandonen a las otras”[2]. 

Con un voto bien informado podemos evitar la corrupción y la captura del Estado por parte de quienes ya han demostrado no merecer estas dignidades y de quienes quieren anteponer una agenda llena de intereses privados legales e ilegales sobre el bien público.  También podemos acabar con los llamados caciques políticos y con los delfines que ahogan la democracia. Si por el contrario, seguimos votando por los mismos o por los hijos de ellos, van a seguir teniendo vigencia las palabras de quienes afirman que “la sociedad colombiana ha institucionalizado la forma del voto como un rasgo cultural o instrumento político para legitimar el principio de autoridad y conferir “poder legal a la clase dominante, la cual ha organizado sistemáticamente este proceder electoral a través de los cuerpos colegiados: Senado, Cámara, Asambleas y Concejos Municipales”[3].

Para solucionar este problema se hace necesario que nos informemos acerca de la gestión y hoja de vida de quienes buscan la reelección y de quienes lo hacen por primera vez, ya que los costos de una mala decisión o la falta de trabajo de quienes resulten elegidos se verán reflejados en nuestra vida diaria. El descredito y la desconfianza que muchos ciudadanos tenemos frente a las instituciones públicas, la democracia representativa, la justicia, la fuerza pública, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, no nos deben llevar a la trampa de la abstención, ya que esta no es un agente de cambio, lo mejor que podemos hacer es informarnos y apoyar a personas probas que estén en condición de ser guardianes del bien público. Fortalecer la confianza de la sociedad civil en las instituciones democráticas es una responsabilidad de todos y sin lugar a dudas el punto de partida es una participación política y social activa, honesta y responsable, ya que no podemos desconocer que en ocasiones algunas personas inician la degradación de la democracia votando por quien le brinde un beneficio material directo, tangible y de corto plazo, sin importar que todos tengamos que pagar su decisión en el largo plazo. 

Dentro del grupo de candidatos que aspiran a los cargos de elección popular habrá quienes se distancien de las legítimas estrategias de carácter electoral y aseguren que para contar con el respaldo de la población es necesario ofrecerle en campaña de alguna manera algún tipo de  TLC para asegurar su voto, es decir: Tamal, Lechona, y Cerveza; o, Teja, Ladrillo y Cemento. Por simpático que parezca, esta es una práctica que se puede presentar en los sectores populares, donde las condiciones de vida hacen que el voto de opinión languidezca y el correcto ejercicio de ciudadanía sucumba frente a un intercambio aparentemente provechoso en el corto plazo, haciendo del voto una mercancía transable.

Otra forma de vender nuestro voto y denigrar nuestra sociedad es votar por quienes prometen la construcción de un paraíso asistencialista e instrumentalizan como promesas de campaña la asignación de recursos del erario público para anular a los ciudadanos como personas capaces de desarrollarse personal, política, económica y profesionalmente para hacerse cargo de su vida y de sus seres queridos en el marco de un fortalecimiento de nuestra institucionalidad, de nuestra economía y nuestra cultura.

Quienes ofrecen este tipo de paraísos terrenales del menor esfuerzo, la división de clases y la discordia crean un círculo vicioso en el cual el ciudadano siempre va a depender de su gestión para satisfacer sus necesidades, creyendo que los programas de ayuda son ofrecidos por los políticos y no por nuestras instituciones, ignorando ingenuamente que lo único que hacen esos “nobles” políticos es capitalizarlos electoralmente, de esta manera no se fortalece el Estado sino unas estructuras de carácter clientelista y electoral que engrandecen a los enanos intelectuales, morales y políticos a quienes siempre tendrá que acudir el ciudadano, quien con su voto le da vida a estas estructuras tan dañinas para nuestra sociedad.

No podemos entregar nuestro voto a quienes con grandes discursos nos prometan una nación en la cual crezcan los subsidios y el asistencialismo mientras se empequeñece el individuo y con él, la ciudadanía; recordemos la siguiente reflexión del Presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América, Jorge Ocejo Moreno: “El esfuerzo con logros fortalece el ánimo y la fe en cada persona. Los programas de apoyo alimentario y de subsidio, que son necesarios en forma subsidiaria pero no permanente, son indispensables para ayudar a los más desprotegidos a integrarse totalmente al trabajo y al desarrollo. Pero si no tienen esas características, van originando el deterioro al amor propio y de la propia dignidad”. Por esta razón, nuestro voto debe apoyar a quienes promuevan una cualificación y fortalecimiento institucional que generen las condiciones para la mejora de nuestra calidad de vida, pensando siempre en proyectos de largo plazo que permitan la consolidación de una gran nación para nosotros y las futuras generaciones, en la cual los logros sociales y políticos se institucionalicen y no se conviertan en el comodín político de quienes en beneficio propio degradan la democracia y quieren hacer de los logros sociales moneda corriente para obtener intereses, rendimientos o resultados electorales.

Es momento de seleccionar a los mejores para que nos representen y trabajen por nosotros, para ello es necesario que evaluemos partidos, candidatos, propuestas programáticas y conozcamos la mecánica electoral, entendiendo que nuestra participación no se agota en las urnas de votación y debemos hacer seguimiento a la gestión de quienes resulten electos en la contienda electoral, para respaldarlos cuando sea necesario y exigirles trabajo, coherencia, honestidad, gestión y resultados, no solo a los individuos, sino a los partidos, en el entendido de que “un partido político es un grupo de personas que comparten opiniones, principios y proyectos.”[4]

No debemos apoyar a quienes haciendo uso de sus graneros electorales se muestran fuertes en las elecciones y consiguen los cargos de elección popular propuestos, pero después, en desarrollo de sus funciones brillan por su ausencia, falta de compromiso o por la inutilidad o impertinencia de sus propuestas. Hay personas que se pierden en las mieles de la función pública y durante su periodo de elección privilegian el Yo, olvidando las declamaciones y arengas en las cuales prometían luchar por el bien público de todos Nosotros. A estos políticos los podríamos llamar gigantes electorales discapacitados para la ocupación de lo público y el correcto ejercicio de sus funciones. Si conoce a alguno de ellos, recuerde que no debe votar por él, esos espacios deben estar ocupados por los mejores.

Frente a los desafíos que afrontamos como sociedad, lo último que podemos hacer es degradar nuestro voto y convertirlo en una mercancía transable. Antes de salir a votar, debemos preguntarnos ¿Qué sociedad queremos? No podemos olvidar que las decisiones de las personas que elegimos nos van a afectar de manera positiva o negativa a todos y cada uno de nosotros, durante un largo periodo de tiempo y en el caso de nuestra querida Bogotá, está en juego el bienestar de cerca de 8 millones de personas, en el centro de desarrollo económico, político, y social de nuestra nación, además de ser el epicentro de formación académica y cultural, el centro administrativo de Colombia, la principal ciudad receptora de turismo, el polo de progreso de nuestra nación en el cual los Bogotanos y miles de compatriotas buscan más y mejores oportunidades laborales y académicas para lograr una mejor calidad de vida y por sobre todo nuestro hogar y el de nuestros hijos.



[1] Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 44.
[2] Brenes Villalobos Luis Diego, “Pensamiento ciceroniano sobre el rol del ciudadano ‘Sobre los deberes’”, En: Revista Derecho Electoral, Nº 15, Julio-Diciembre, 2012, ISSN: 1659-2069, Pág. 51.
[3] Ávila Abel, “Abstención y anticarisma en Colombia”, Ediciones Universidades Simón Bolívar, Primera Edición, 1980, Pág. 42.
[4] Acosta Raúl, “Cada opinión cuenta. Votar implica decidir qué comunidad queremos todos”, ISBN: 978-968-6445-97-8, Petra Ediciones, México, 2010, Pág. 25.

Bogotá y Colombia deben construir Capital Social y Madurez Electoral

Los sistemas democráticos son los sistemas políticos en los cuales la ciudadanía tiene mayor nivel de injerencia en los asuntos públicos. A la pregunta: ¿Qué entiende por democracia? Muchos ciudadanos responden con la célebre definición de Democracia citada por Abraham Lincoln en el Discurso de Gettysburg: “la democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Naturalmente, no todos los sistemas democráticos se encuentran en el mismo nivel de desarrollo institucional, económico, cultural, político y social para hacer que el espíritu democrático se viva a plenitud. Nosotros, por ejemplo, tenemos pendiente la construcción de una mejor ciudadanía, que rija su vida desde un correcto equilibrio entre derechos y deberes desde un enfoque de cultura ciudadana integral, que responda a los desafíos globales modernos.

Para avanzar en la construcción de un mejor régimen democrático es necesario contar con una ciudadanía cualificada que haga de los preceptos democráticos letra viva y fortalezca la democracia a nivel institucional, económico, cultural, político y social. No podemos esperar que las respuestas a nuestros problemas lleguen única y exclusivamente de disposiciones de carácter político, legal y administrativo emanadas de las instituciones públicas, aunque tengan una naturaleza representativa, ya que finalmente somos nosotros los ciudadanos quienes en el desarrollo de dinámicas de convivencia horizontal, es decir entre nosotros, muchas veces hacemos que las disposiciones legales sean letra muerta, erosionamos la posibilidad de vivir una mejor realidad, afectamos nuestra calidad de vida y en algunos casos acabamos con la vida de nuestros conciudadanos, compatriotas, familiares y amigos. Si decimos que la democracia es el poder del pueblo, debemos asumir que en nuestro poder está la posibilidad de construir una sociedad buena para todos, de la misma forma en que por el contrario, nuestras omisiones hacen que se fortalezcan, aumenten y se consoliden los problemas que nos aquejan.

La democracia requiere de una ciudadanía que actué de manera responsable en los escenarios en los cuales desarrolla sus actividades y asuma las consecuencias de sus acciones con resiliencia, es decir, con la capacidad de sobreponerse al infortunio, fortalecerse y salir adelante aun cuando las condiciones no son favorables, sin quedarse en una actitud de derrota, conformismo o aceptación frente a situaciones adversas. Este es un término que viene de la física, pero que al llegar a las ciencias sociales hace referencia a “la capacidad para triunfar, para vivir y desarrollarse positivamente, de manera socialmente aceptable, a pesar de la fatiga o la adversidad, que suelen implicar riesgo grave de desenlace negativo”[1].

La asignación de cargos públicos y conformación de corporaciones de elección popular está en nuestras manos, de nosotros depende en gran medida la cualificación de la función pública, y esto solo es posible si actuamos de manera responsable, inteligente, ambiciosa y madura en la dinámica electoral. Sabemos que “decidir por quién votar puede ser algo difícil. Por eso hay un tiempo dedicado a que los candidatos expliquen sus ideas, propuestas y planes para que la gente los conozca. A ese tiempo se le llama Campaña Electoral.”[2]

Apreciados conciudadanos, nuestro voto, el de todos y cada uno de nosotros, debe ser el resultado de un discernimiento que nos permita tener claridad sobre la sociedad que queremos y quienes son las personas que desde la función pública nos pueden ayudar a construir ese contexto ideal para las actuales y futuras generaciones. Para esto se requiere de mucho criterio y sabiduría para hacer una evaluación juiciosa del momento por el cual atravesamos, los problemas que nos afectan hoy, los que se avecinan, la hoja de vida de quien se postula, sus capacidades, sus fortalezas, debilidades, y muy especialmente de las metas que han alcanzado, ya que la función pública debe convocar a los mejores, ese no debe ser un espacio para principiantes con buenas intenciones y poca o ninguna capacidad probada para conseguir resultados. Sus logros nos hablaran de su capacidad de trabajo, su responsabilidad y sus habilidades a nivel conceptual y profesional, no sus apellidos ni un discurso grandilocuente. Aunque no debemos olvidar que “el voto no es mágico. No arregla los problemas automáticamente ni da solución a conflictos,”[3] pero nos ayuda a avanzar de manera democrática.

Nuestra selección debe privilegiar a aquellos que entiendan la realidad de los diferentes sectores de nuestra población, ya que no todos vivimos en el mismo contexto ni tenemos las mismas necesidades, las propuestas deben ser incluyentes para no caer en discursos divisionistas que nos alejen de la construcción de un sentido de unidad en el cual todos nos sintamos responsables del progreso y del bienestar propio y ajeno.

De la forma en que cada uno de nosotros actuemos depende la construcción de una Inteligencia Colectiva que nos permita lograr una identidad política común, en el entendido que esta “involucra a un conjunto de personas que pueden comprometerse individualmente con objetivos y emprendimientos personales diferentes y mantener distintas concepciones del bien, pero para el logro de esos objetivos y de las acciones que proponen, aceptan el sometimiento a reglas que prescribe la comunidad política pública”[4]. Para elegir a los mejores no se necesita cuestionar el pluralismo descalificando a quienes piensan diferente a nosotros porque nuestros enemigos en materia electoral son la mediocridad, el oportunismo, el populismo, los ídolos con pies de barro, las colectividades sin autoridad moral que han legitimado con su silencio actos de corrupción, la negligencia, la corrupción, los caciques políticos quienes por conservar privilegios ahogan nuevos liderazgos, los candidatos que esgrimen un apellido como prueba de mérito para acceder a la función pública como si los cargos públicos le pertenecieran a unas cuantas familias, y los estandartes del interés particular con discursos grandilocuentes en el que juran lealtad al interés público, entre otros.

Recordemos cinco ideas que son esenciales para avanzar hacia la construcción de una madurez política y electoral:
  1. Los Funcionarios Públicos al cumplir con su labor no nos hacen un favor, solo cumplen con su trabajo, porque ese es el propósito de las instituciones y por eso ya han recibido una remuneración económica, no tienen por qué cobrarnos con nuestro voto por el desarrollo de sus funciones constitucionales.
  2. El Voto no se negocia porque la falta de efectividad en la Gestión Pública, se le factura directamente a los ciudadanos, no podemos firmar un cheque en blanco y comprometer nuestro futuro.
  3. Las ideas de Castigo y Premio en materia electoral, son muestra de la falta de Cultura Política. El mejor ejemplo de esto nos lo dieron los Ingleses después de la segunda guerra mundial, recordemos que a pesar de que Winston Churchill había cumplido su promesa y había llevado al pueblo ingles a la victoria sobre los países del eje (Alemania, Italia, Japón), no fue reelecto en su cargo porque sabiamente el electorado creía que quien  los había guiado con éxito en la guerra, no era el mejor hombre para liderarlos en la recién ganada paz. Se debe reelegir o no, dependiendo de las capacidades de los individuos, la pertinencia de las propuestas, la solidez de los partidos, y su habilidad para responder a las dificultades del momento histórico que vivimos, pero nunca pensando que un cargo es un premio o que la salida es un castigo.
  4. Las personas que ofrecen una transformación de la realidad para llevarnos a un paraíso terrenal en el cual reinará la política del menor esfuerzo  sin pensar en las responsabilidades de carácter político, económico, jurídico, contractual, administrativo y laboral que deben ser tenidos en cuenta en la administración pública y los distintos cargos de elección popular, en realidad trabajan electoralmente sobre nuestras esperanzas, pero muy seguramente no van a cumplir con sus propuestas de manera honesta, así es que debemos ser muy serios y responsables al elegir las ideas que respaldamos y tener mucho cuidado con la trampa del populismo. Un ejemplo en esta materia nos lo dio durante el 2012 Suiza al renunciar a dos semanas de vacaciones pagas adicionales a las 4 que ya tienen. Este electorado de manera responsable renuncio a tan deseable reglamentación en el marco de un plebiscito convocado por grupos sindicales; “con su voto, los suizos parecieron refrendar su conocida ética laboral y ponerse a la vanguardia europea en materia de austeridad. Los suizos parecieron atender las advertencias del Gobierno y las empresas en el sentido de que más vacaciones aumentarían los costos laborales y pondrían en riesgo la economía nacional”[5].
  5. Debemos dimensionar la importancia de hablar con nombres propios y con conocimiento de causa. Esto es muy importante porque frente al desprestigio y falta de confianza por parte de la ciudadanía en instituciones públicas como el Congreso, muchas personas llegan al lugar común de descalificar a toda la corporación, olvidando que el congreso está conformado por 102 senadores y 166 representantes, para un total de 268 congresistas, cada uno de ellos con su respectiva unidad de trabajo legislativo o UTL y con un cuerpo de funcionarios que les prestan apoyo para sacar adelante la agenda legislativa en nuestra nación. Muchos de ellos trabajan con compromiso, disciplina, coherencia, inteligencia y un genuino interés por el bienestar de nuestra sociedad. No podemos descalificar a todas las personas sin conocer su trabajo, ya que esto es algo irresponsable de nuestra parte y le abre las puertas a la abstención y a la pérdida de confianza en las instituciones. Cada uno, desde su perspectiva debe evaluar el trabajo de los legisladores, hay unos muy buenos, así como hay otros que gracias a su capacidad de conseguir votos llegaron allá a no hacer nada o a hacer muy mal las cosas.

Debemos acabar con el falso dilema que asigna prioridades a lo público o a lo privado, como si estas dos perspectivas se excluyeran o fueran opuestas y la importancia de lo público afectara lo privado o lo privado a lo público. Esta idea ha dificultado la construcción del NOSOTROS y ha fortalecido como principal protagonista de nuestra democracia el YO. Lamentablemente reina el individualismo, su naturaleza no ha cambiado y aún hoy puede ser descrito como “un sentimiento pacífico y reflexivo que predispone a cada ciudadano a separarse de la masa de sus semejantes, a retirarse a un paraje aislado, con su familia y sus amigos; de suerte de después de haber creado así una pequeña sociedad a su modo, abandona con gusto la grande.”[6]

Quienes han pensado que la educación académica y la formación en valores de quienes no son sus hijos no es su asunto suyo, pueden en algún momento de la vida llegar a sufrir las consecuencias como resultado de la pobreza, la falta de formación en valores y la cultura de la ilegalidad  ajena, ya que la falta de mejores conciudadanos para compartir la vida en sociedad en realidad es asunto de todos. El uso desmedido e irreflexivo del YO está ahogando el NOSOTROS, gracias a un falso dilema que nos ha hecho olvidar o nos ha dificultado entender que “hay aspectos de las acciones privadas que dependen en su realización de ciertas condiciones de la esfera pública. Los deseos, las decisiones, las elecciones, son privadas porque expresan la voluntad y responsabilidad de cada individuo, pero sus realizaciones son posibles en la esfera pública”[7].

Nunca olviden que la construcción de Capital Social y Madurez Electoral es nuestra responsabilidad. Así ganaremos todos.




[1] Cyrulnik Boris, “La maravilla del dolor. El sentido de la resiliencia”, Editorial Granica, Uruguay, 2001, Pág. 10.
[2] Acosta Raúl, “Cada opinión cuenta. Votar implica decidir qué comunidad queremos todos”, Petra Ediciones, México, 2010, Pág. 29.
[3] Ibíd. Pág. 45.
[4] Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 63.
[5] “Suizos rechazan dos semanas de vacaciones pagadas para evitar crisis”, Marzo 11 de 2012, En: El Comercio. Portafolio, Disponible en: http://elcomercio.pe/economia/1385928/noticia-suizos-rechazan-dos-semanas-vacaciones-pagadas-evitar-crisis
[6] Tocqueville Alexis, “La democracia en América”, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1963, Pág. 466.
[7] Op.cit. Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 65. 

jueves, 6 de febrero de 2014

Participación política y social activa

Nuestra Constitución Política consagra en el artículo 40 el derecho “a participar en la conformación, ejercicio y control del poder político”, de lo cual se infiere que el derecho a participar política y socialmente no se agota en el ejercicio del sufragio, elección y postulación, se espera que la ciudadanía participe en los diferentes momentos de construcción de sociedad, acompañando el ejercicio de gobierno y no solo participe en los puestos de votación, para esto, nuestro ordenamiento jurídico cuenta con una estructura legal e institucional, que brinda las herramientas para un ejercicio activo de ciudadanía, ya que “una democracia en la que las personas participen activamente, discutan, generen nuevas agendas de temas a resolver y cuestionen las soluciones, será de mejor calidad que aquella en la que las personas sean receptoras pasivas de las decisiones del poder.”[1]

Para que exista una participación política y social activa que nos permita avanzar de una democracia representativa a una mucho más participativa, se requiere de una ciudadanía comprometida con el devenir de nuestra sociedad, “esta dimensión activa de la ciudadanía pone el acento en las responsabilidades y obligaciones que los sujetos tienen con la comunidad política a la que pertenecen y exige no sólo un discurso sino también un accionar comprometido con el interés general y el bien común[2].

La sociedad ha entendido que no puede votar, cerrar los ojos y esperar a ver qué pasa. Poco a poco se van fortaleciendo los mecanismos existentes y se van abriendo nuevos espacios de participación con los distintos niveles de gobierno en los cuales las personas pueden hacer conocer su opinión respecto a los temas de su interés. Este es un proceso y debemos cualificar mucho más estos espacios para fortalecerlos con un espíritu profundamente democrático, solidario y deliberativo, para que cumplan con su objetivo y no se conviertan en un pretexto que convoque a la ciudadanía para legitimar intereses diferentes a los que se esgrimen en las convocatorias, o pasen a ser piezas de comunicación de acciones de impacto mediático que no tienen ninguna importancia o anclaje real en las dinámicas de gobierno, convirtiéndose en simples reuniones rentables desde un punto de vista político para hacer alarde de que se promueve la participación ciudadana y se tiene en cuenta su opinión, así esta participación solo sea un saludo a la bandera y estas dinámicas generen frustración en quienes acuden con entusiasmo a escenarios en los cuales parecieran ser más importantes la foto y la propaganda de gobierno que una interacción genuina con la ciudadanía. Muchas veces el esfuerzo ciudadano no se ve compensado por la posibilidad real de incidir en las decisiones de los gobernantes en materia de políticas públicas y de asignación de recursos, debido a que el alcance de los dispositivos creados es generalmente consultivo, de iniciativa o de fiscalización, no de concertación o decisión. Esto ha producido, de una parte, una desconfianza del ciudadano común y corriente en los espacios de participación existentes y, de otra, la apropiación de estos últimos por una élite de la participación, un segmento de líderes sociales que, probablemente con buenas intenciones iniciales, se han aislado de sus bases sociales y se han convertido en intermediarios poco representativos del sentir de la población que pretenden representar”[3].

Desde una perspectiva legalista[4], encontramos favorable la expedición de la Ley 134 de 1994, que le da vida a mecanismos de democracia directa tales como la iniciativa popular legislativa y normativa, el referendo, la consulta popular, la revocatoria del mandato, el plebiscito y el cabildo abierto, permitiendo de esta manera que bajo determinadas condiciones sea posible tomar decisiones de carácter democrático diferentes a las tradicionales derivadas de la representación política. También, la Ley 1450 de 2011, por la cual se expidió el Plan Nacional de Desarrollo 2010-2014, en su artículo 231[5] sobre la promoción de la participación ciudadana y el capital social  se compromete a impulsar la participación ciudadana desde el gobierno nacional, y abre la posibilidad de que se convierta en una política de Estado, ya que allí se establece que se promoverá una Agenda Nacional de Participación Ciudadana. Esta inclusión del capital social como objetivo de la política pública encuentra su sustento en que este “favorece el desarrollo de acciones colectivas en beneficio de la propia comunidad.”[6]

Aunque muchos podrían pensar que la riqueza de una nación se basa en la situación de su balanza comercial, sus reservas internacionales o en su PIB, las sociedades modernas han entendido que gran parte de la riqueza de una nación se encuentra en la calidad de las relaciones de convivencia de sus ciudadanos. Es a partir de esta reflexión que “se ha puesto de moda el concepto de capital social, entendido como una virtud de las sociedades e individuos – participación, confianza, normas compartidas, identidad- que hace que se logre no solo un ambiente de mejores relaciones humanas sino también de más crecimiento”[7]. El capital social involucra además una apuesta por la creación de condiciones favorables para el fortalecimiento de la solidaridad[8] como elemento garante de unas relaciones humanas mucho más fraternas para hacer frente a problemas como la violencia, la exclusión, la falta de oportunidades y la indiferencia, entre otros; más aún, cuando estos problemas se ven seriamente afectados por la multiplicidad de actores que conviven en los entornos urbanos,  pero que carecen de una identidad colectiva que les permita mirar a los ojos de sus conciudadanos y reconocer en ellos a sus hermanos. El progreso económico que buscamos solo tendrá fuertes cimientos si avanzamos en la construcción de mejores seres humanos, recordemos que “en tanto el progreso moral signifique una mayor solidaridad humana, esto será así sólo en cuanto se convierta en la capacidad de percibir todas las diferencias tradicionales como irrelevantes, cuando se les compare con las similitudes y diferencias en torno al dolor y la humillación; será allí donde se amplíe ese nosotros a personas muy diferentes a nosotros y para ello será necesario la descripción tanto de aquellos a quienes no se conoce, como de nosotros mismos.[9].

La respuesta a muchos de nuestros problemas colectivos ha sido la indiferencia, la apatía y el individualismo; por esta razón, al promover el desarrollo de capital social, se busca  conseguir la “manera de desarrollar las relaciones humanas que privilegia el “Nosotros” frente al “Yo”, y que en la medida que va mostrando las ventajas de una visión compartida de los problemas y sus soluciones, crece y se acumula”[10], no desde un punto de vista caudillista en el cual los logros dependen de un “líder” o en el mejor de los casos de un grupo de la sociedad, sino de la sociedad entera y de su Estado, de allí que se considere que “el proceso positivo por el cual esta virtud mejora la calidad de vida de individuos y sociedades pasa por el desarrollo de las instituciones”[11], ya que de esta manera se puede sostener, ampliar y fortalecer en el tiempo esta mejora en la calidad de las relaciones humanas.

Espacios de participación en temas de interés colectivo nos pueden ayudar a construir un mejor escenario de desarrollo económico para todos nosotros, en especial para quienes encuentran dificultades económicas de manera sostenida en el tiempo, ya que esto afecta el desarrollo de los integrantes de las familias: los núcleos de la sociedad,. ¿Qué esperanza tendrán esos niños y niñas al ver a sus padres soportando la carga de la pobreza mientras sus conciudadanos, el sector público y privado actúan de manera indiferente y no le dan una mano de apoyo? ¿Será que van a tener fe en la sociedad? ¿Crecerán con resentimiento? ¿Sentirán amor y sentido de pertenencia por esa comunidad? Debemos reflexionar y entender que “el valor de contar con espacios participativos, multiplica su importancia cuando consideramos las patologías sociales actuales que, generadas por la incertidumbre laboral, alteran los roles familiares y erosionan la autoestima. La desaparición del futuro  como un espacio de optimismo y de desarrollo de un proyecto de vida positivo, y el debilitamiento de las instituciones tradicionales de contención hace que las personas multipliquen su necesidad de sostén psicológico y material. Desarrollar capital social será entonces, además de una condición para el crecimiento, una necesidad solidaria.”[12]

En la Fundación Bogotá Mía consideramos que la participación política y social activa no es un fin, es un medio por el cual podemos apropiarnos de la responsabilidad de construir un mejor mundo, empezando por lo local, un mundo en el cual asumamos los desafíos colectivos con inteligencia colectiva, pero por sobre todo desde un profundo sentido de solidaridad, que nos permita avanzar de las dinámicas de coexistencia indiferente a unas de convivencia enriquecedora, que no permita que echen raíces el individualismo, el egoísmo y la indiferencia. Lamentablemente, si “las condiciones son muy desiguales, y las desigualdades son permanentes, los individuos se hacen poco a poco tan diferentes, que se diría que hay tantas humanidades distintas”[13] que la construcción de comunidad y sentido de pertenencia se hacen objetivos lejanos, tan lejanos como la construcción de relaciones sociales en las cuales el amor, la amistad, la solidaridad, la seguridad y nuestro compromiso con los demás nos ayuden a acabar con la perversidad que está presente en los actos de muchos individuos y que nos parecen parte de la esencia de nuestra realidad.








[1] Lara Nelson, “Capital social, participación política y abstención electoral. Perfil de la abstención desde la óptica del capital social”, Ediciones Edgartorre Libros, Madrid, 2005, Pág. 80.
[2] Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 55. (Las cursivas y las negrillas son nuestras).
[3] Sudarsky John Senador de la República, “Proyecto de Ley Estatutaria de Participación ‘Por la cual se desarrollan disposiciones para la promoción, protección y garantía del derecho a la participación ciudadana en Colombia’”, 2011, Pág. 22.
[4] “Desde esta perspectiva, la pertenencia a una comunidad queda asegurada a partir del otorgamiento creciente de derechos de ciudadanía a los individuos. Es justamente el reconocimiento de derechos lo que afianza la relación entre individuos y Estado”. En: Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1.
[5] “ARTÍCULO 231. PROMOCIÓN DE LA PARTICIPACIÓN CIUDADANA Y EL CAPITAL SOCIAL. El Gobierno Nacional promoverá, mediante mecanismos interinstitucionales, una Agenda Nacional de Participación Ciudadana. Dicha Agenda, abordará líneas de acción que permitan a) fortalecer el Sistema Nacional de Planeación, b) apoyar experiencias de planeación y presupuestación participativa, c) adecuar la oferta Institucional de mecanismos, canales e instancias de participación ciudadana, d) fortalecer expresiones asociativas de la sociedad civil, e) implementar estrategias para el desarrollo de la cultura ciudadana y, f) desarrollar un sistema de información y gestión del conocimiento sobre temas afines. Para el desarrollo de estas acciones, el Gobierno convocará el concurso de la cooperación internacional y la empresa privada. Adicionalmente, adelantará debates amplios a nivel nacional y local sobre dichos temas con la concurrencia de la ciudadanía y sus formas organizativas, y promoverá los desarrollos y ajustes normativos a que haya lugar”.
[6] Lara Nelson, “Capital social, participación política y abstención electoral. Perfil de la abstención desde la óptica del capital social”, Ediciones Edgartorre Libros, Madrid, 2005, Pág. 81
[7] Ibíd. Pág. 79
[8] “Los sentimientos de solidaridad dependen de similitudes y diferencias que sean notorias, y esta notoriedad que impacta estará anclada en léxicos últimos que son, como todo, históricamente contingentes; son estas similitudes las que permiten ese nosotros”. En: Vásquez Adolfo, “Pragmatismo y Política en Rorty. Construcción del Espacio Público”, En: Revista Internacional de Filosofía, 2006, N° 2, ISSN 1699-7549, Pág. 30.
[9] Ibíd. Pág. 31.
[10] Lara Nelson, “Capital social, participación política y abstención electoral. Perfil de la abstención desde la óptica del capital social”, Ediciones Edgartorre Libros, Madrid, 2005, Pág. 79
[11] Ibíd.
[12] Lara Nelson, “Capital social, participación política y abstención electoral. Perfil de la abstención desde la óptica del capital social”, Ediciones Edgartorre Libros, Madrid, 2005, Pág. 80
[13] Tocqueville Alexis, “La democracia en América”, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1963, Pág. 399

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