Fundación Bogotá Mía

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domingo, 5 de octubre de 2014

Los Remiendos de Comunicación



Cuando se descubrió que la información era un negocio, la verdad dejó de ser importante.

Ryszard Kapuscinski
Entre tú y yo existe un algo

Como habitantes de Colombia en las ciudades, pueblos y campos como en casi cualquier otro país occidental pertenecemos a múltiples grupos inmersos uno en otro, familias, comunidades, círculos afines, congregaciones, empresas, entre otros que tienen en común a los medios de comunicación para enterarse de su entorno; Para tomar decisiones diarias, proyectos a futuro, saber cómo está el mundo, el escándalo de la semana, que vías están cerradas, que famoso se insultó con otro, si alistarse para lluvia al otro día, ver cómo van las acciones y el dólar, saber cómo quedo el partido de nuestro equipo, saber que alimentos se pondrán más caros, en donde hay eventos, que están haciendo los políticos, quien está en guerra y quien preparándose, entre decenas de reflexiones y decisiones de nuestro día a día.

Esta percepción que tomamos por diferentes canales (televisivos, tecnologías en la internet, periódicos, revistas, radio entre muchos) forjan nuestros valores y creencias junto con las enseñanzas de nuestro núcleo familiar y entorno social; ¿Pero sabemos realmente la función de los medios de comunicación que vemos todos los días, en las mañanas antes de empezar nuestro día fuera de casa, en el celular que ojeamos o escuchamos en nuestro medio de transporte, a medio día viendo el noticiero almorzando, o en la noche antes de descansar para llevarnos a nuestros sueños „tweets‟, „post‟, „likes‟, „not like‟, noticias, foros, blogs que inundan la red diariamente facilitados por los medios?

Los medios de comunicación masivos o de masas, podrían tener una definición popular muy rápida: “Son los que nos muestran las noticias, las novelas y el futbol”; Tal vez menospreciamos el termino dando por seguro que entendemos que es, sin embargo me pareció conveniente para este escrito aclarar mi concepto, Wikipedia lo define como: " Son los medios de comunicación recibidos simultáneamente por una gran audiencia. La finalidad de estos medios de comunicación podría ser, (...) formar, informar y entretener al público que tiene acceso a ellos. Atendiendo a los intereses que defienden, buscan el beneficio económico del empresario o grupo empresarial que los dirige, (…) e influir en su público ideológicamente y mediante la publicidad."(1)

Me sorprendió la claridad de la definición al decir que el objetivo de los medios obedece al beneficio económico y al influenciar ideológicamente a las masas, esto por supuesto le da a los medios un tinte de parcialidad no por sus dueños independiente de quienes sean ni sus afinidades, si no por su esencia en sí. No hay que hacer un estudio para darse cuenta el orden de prioridades de los medios actuales: primero el entretenimiento en todas sus facetas, segundo el deber de informar y tercero el formar que casi en su mayoría se deja al sector de medios públicos lastimosamente poco consumido y adoptado por nosotros el público a pesar de su importancia pedagógica y social.

domingo, 11 de mayo de 2014

Bogotá presa de la Cultura del Miedo

Resulta desconcertante ver como a lo largo y ancho de nuestra ciudad, la ciudadanía ejerce sus actividades económicas con medidas de protección extremas. La pérdida de confianza en las instituciones y el temor hacia el accionar delictivo llevan a los comerciantes capitalinos a enrejar sus establecimientos comerciales y trabajar a diario con un cerco de protección individual ya que no cuentan con la efectividad de los esquemas de protección colectivos.

Esta situación es una muestra clara de la erosión del sentido de comunidad y de cómo la indolencia colectiva e institucional, la omisión, la negligencia en la prestación del servicio de seguridad y nuestra pasividad frente al delito han permitido y promovido la construcción de una Cultura del Miedo en nuestra ciudad.

¿Por qué hablamos de Cultura del Miedo? ¿Cuál es la definición de Cultura que utiliza la Fundación Bogotá Mía? Para explicar por qué consideramos importante promover una contracultura del miedo y trabajar en pro de una Cultura de la Seguridad, partimos de la definición utilizada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) que dice: “es la cultura la que ofrece el contexto, los valores, la subjetividad, las actitudes y las aptitudes sobre las que los procesos de desarrollo han de tener lugar”[1]Desde esta perspectiva cabe resaltar que estos elementos subjetivos e intangibles se ven materializados en nuestra realidad mediante las dinámicas propias del día a día en nuestra ciudad, es así como los homicidios, los hurtos y los problemas de convivencia configuran un contexto en el que se erosionan los valores y las actitudes de la ciudadanía, las cuales crean contextos en los cuales el desarrollo en el marco de la cultura de la legalidad no puede florecer de manera natural ya que se ve marchitado por el temor ciudadano, la desidia institucional y el inadecuado ejercicio de ciudadanía. 

Podría parecer que la galería fotográfica es solo eso, un conjunto de imágenes que comparten una temática en común, pero en realidad son mucho más que eso, son fragmentos de la realidad en la que vivimos y en la cual están creciendo nuestros niños, los ciudadanos que estamos formando desde pequeños van a crecer pensando que las barreras físicas brindan mayor protección que nuestros constructos éticos, morales, cívicos, legales y culturales, van a asumir las acciones de protección individual que nos aíslan y nos convierten en ciudadanos que no conviven en la ciudad sino que, en el mejor de los casos co-existen, en personas que comparten un espacio, pero no unos principios y unos valores, una ciudad en la cual día a día desterramos la solidaridad y el respeto por los demás ya que la realidad actual nos hace actuar instintivamente pensando y privilegiando nuestra seguridad individual, así sin quererlo le dejemos el camino libre a la degradación y descomposición social, que algún día tocaran nuestra puerta, entonces nos daremos cuenta que el individualismo no nos hace inmunes a los problemas sociales.

¿Qué podemos hacer para iniciar la construcción de una Cultura de la Seguridad? Para empezar, podemos implementar desde nuestra cotidianidad Acciones preventivas para cerrarle espacios a la delincuencia, recordemos que: “En gran medida la solución está en nuestras manos, debemos evaluar el impacto de nuestras acciones y las decisiones que tomamos, ya que observadas desde una perspectiva compleja, pueden formar parte del entramado de relaciones que estructuran las redes delictivas y las sustentan”[2].   Algunas de las reglas que podemos involucrar en nuestras vidas son:

ü No comprar objetos robados
ü No incentivar el contrabando apoyando la  economía informal
ü “Es necesario que actuemos y exijamos de las autoridades mayor eficiencia y respuesta a las acciones delictivas de nuestra ciudad, denunciar ante las autoridades es muy importante, así la respuesta sea nula y la denuncia no pase de ser un saludo a la bandera, debemos denunciar, vigilar y asumir hábitos de protección individual y colectiva”[3]
ü Generar las condiciones para la construcción de un Hábitat adecuado para la Seguridad

Observando estas cuatro reglas podemos contribuir en la construcción de una ciudad más segura, así podremos acabar con uno de los elementos que sustentan la delincuencia y permite que se consoliden las condiciones de inseguridad: La ACEPTACIÓN. Esta aceptación se materializa en la realidad cuando asumimos que una calle es peligrosa y simplemente decidimos no transitarla, cruzar por una vía más segura y no denunciar esta situación, dejamos de pedir que se trabaje en la mejora de todo nuestro entorno, en ocasiones simplemente asumimos las circunstancias como realidades inmodificables, dejándole así la vía libre a los ladrones, a los traficantes, a los violadores, y demás delincuentes que encuentran en ciertos lugares los entornos adecuados para cometer sus fechorías y maltratar a nuestros conciudadanos, niños, niñas, mujeres, jóvenes, hombres y mujeres de bien que  en cualquier momento tienen que sufrir las consecuencias de las dinámicas que se generan en los sectores de la ciudad que hemos abandonado. Es momento de hacernos de nuevo la siguiente pregunta: ¿Levamos a escriturar algunos sectores de nuestra querida Bogotá a los delincuentes?


Para avanzar en la construcción de una mejor ciudad es necesario que partamos de la NO ACEPTACIÓN como un principio fundamental, no tenemos por qué aceptar las condiciones actuales de inseguridad y para ello debemos dejar de lado nuestra indiferencia e interactuar de manera corresponsable con las autoridades de nuestra ciudad.

¡JUNTOS PODEMOS Y DEBEMOS CONSTRUIR UNA MEJOR CIUDAD!




[1] Cultura y Desarrollo Evolución y perspectivas. Maider Maraña  UNESCO Etxea Cuadernos de trabajo. Nº 1. Pág. 05
[2]  Compra de objetos robados: incentivo para la inseguridad. Acciones preventivas para cerrarle espacios a la delincuencia.  Disponible en: http://www.fundacionbogotamia.org/acciones-seguridad.html#.UUCnrxxfdx8
[3]Indolencia Colectiva e Institucional. Blog Bogotá Mía, JUEVES, 16 DE FEBRERO DE 2012  Disponible en: http://blog.fundacionbogotamia.org/2012/02/indolencia-colectiva-e-institucional.html

domingo, 27 de abril de 2014

La ciudad que olvidó llorar sus muertos



En noviembre del 2013 murieron un niño de 8 años y su madre de 49 años al caer en las aguas de la creciente de la quebrada la Trompeta, en el barrio Divino Niño de Ciudad Bolívar, en Bogotá. El hecho se presentó porque el niño y su madre atravesaban un puente artesanal que al carecer de las condiciones de seguridad necesarias y a causa de las intensas lluvias de ese momento, el niño fue arrastrado por la corriente,  razón por cual la madre al ver esto se lanzó heroica y valientemente para tratar de salvarle la vida, pero lamentablemente los dos murieron.  

Fuente: Alex Cruz
Inicialmente esta tragedia fue dada a conocer por el Cuerpo de Bomberos de Bogotá en su cuenta de Twitter; posteriormente, José Perdomo, el coordinador de emergencias del Fondo de Prevención y Atención de Emergencias (FOPAE) señaló lo que posiblemente ocurrió; después, buzos especializados del cuerpo de Bomberos de Bogotá encontraron los cuerpos del niño y la madre a 4 kilómetros de distancia el uno del otro, el alcalde local brilló por su ausencia y finalmente Gustavo Petro prometió un puente en la quebrada donde murieron madre e hijo, no sin antes hacer una reconstrucción de las razones y justificaciones por las cuales no había sido construido el puente, dejando claro que la responsabilidad no era de su administración sino de las circunstancias y olvidando que más que discursos lo que se espera de un funcionario del poder ejecutivo es un trabajo honesto, serio, rápido y eficiente. Finalmente nadie en la administración de la Bogotá Humana asumió la responsabilidad por esta tragedia, los medios de comunicación jamás volvieron a hablar del tema, nosotros los ciudadanos seguimos con nuestras vidas y así, esta tragedia quedó en el olvido. 

Olvidamos también que quienes ocupamos este pequeño espacio en el universo compartimos la misma fragilidad frente al dolor, que nuestra existencia y la de todos los seres humanos es un milagro que debemos valorar y proteger con acciones, no con palabras. Hemos caído en la trampa de los análisis cuantitativos, en los que la perdida de la vida de dos personas, entre una población de cerca de ocho millones es algo marginal, como si el valor de un ser humano pudiera ser reducido a una cifra.  Dos seres humanos perdieron la vida a causa de la mala administración pero a nadie le importó, sobraron las excusas… faltaron las respuestas. 

Este es uno de los muchos casos que se presentan en nuestra ciudad diariamente, una a una, estas historias pasan frente a nosotros como parte de la rutina diaria.  Indudablemente hemos perdido nuestra sensibilidad, ya no valoramos la existencia del prójimo, hemos perdido la confianza en las instituciones, en la ley y en las personas. La injusticia ha desanimado nuestro espíritu cívico, pareciera que lo más lógico fuera que cada uno se preocupe por su bienestar, sin asumir como propios los desafíos colectivos, porque la política dejó de ser una actividad ejercida por personas y colectividades interesadas en sentar precedentes de buena administración, de capacidad de respuesta frente a los problemas siempre crecientes y cambiantes que nos aquejan. Ya no se buscan acuerdos, la violencia y los agravios se han vuelto moneda corriente entre funcionarios públicos, líderes de opinión y ciudadanos, cambiamos la discusión constructiva por la oratoria pendenciera, mientras que millones de personas claman por un mejor sistema de salud, por una mejor educación, por mejores condiciones de seguridad, por un mejor sistema de transporte, por más y mejores oportunidades laborales. Se olvidó también que el desarrollo económico es necesario para vivir de manera digna.

Necesitamos re-significar la política y la función pública, para hacer de ellas instrumentos que nos ayuden a privilegiar el bienestar colectivo para acabar con el personalismo que nos distrae y pone el foco de atención en personas y grupos políticos con nombre propio, mientras nubla y desvanece el protagonismo que deberían tener los temas referentes a la calidad de vida de millones de personas humildes y anónimas que día a día se levantan a luchar por su vida y por sus sueños en esta gran ciudad, que pagan el costo de la ineficiencia de funcionarios indolentes que no han entendido la dimensión de sus responsabilidades y el impacto que sus acciones y omisiones tienen en la vida de personas maravillosas, hombres, mujeres y niños que no pueden vivir a plenitud el milagro de la vida y cuya voz no logra ser escuchada por el ruido del espectáculo deportivo, las discusiones intrascendentes de los líderes políticos y los demás temas que nos entretienen y nos alejan de la posibilidad de vernos, oírnos, entendernos, valorarnos, respetarnos, querernos y comprender que el bienestar de los demás también es nuestra responsabilidad, olvidamos mirar con el corazón a quienes al igual que nosotros comparten esta condición humana. 

En el célebre discurso que dio el Presidente Mujica ante la ONU decía que: “No podemos manejar la globalización, porque nuestro pensamiento no es global. No sabemos si es una limitante cultural o estamos llegando a los límites biológicos”.  Debemos preguntarnos ¿cómo pretendemos dar respuesta a los problemas de carácter global si no hemos podido resolver nuestros problemas a nivel local, distrital, regional o nacional?, ¿Cómo pretendemos dar respuesta a problemas que matan a millones de personas si no somos capaces de sentir dolor por la muerte de una madre y su hijo, ni darle respuesta a los hechos que causaron su muerte?, ¿Cómo podremos construir una mejor sociedad desde nuestras acciones si seguimos pensando que el único dolor que existe y que hay que evitar es el nuestro, como si los demás no sufrieran?. Nos queda el interrogante sobre cuál es la clase de limitante que ha hecho que perdamos la capacidad de sentir el dolor ajeno: ¿es una limitante moral, conceptual, biológica?, ¿Somos una sociedad en decadencia? , ¿Dónde quedó la responsabilidad de los gobernantes para con sus gobernados?, ¿La lucha por el bienestar individual le ha cerrado espacios a la lucha por nuestro bienestar colectivo?, ¿Los ciudadanos debemos afrontar solos los problemas de nuestra ciudad sin la ayuda de los partidos políticos, líderes del sector privado y de los servidores públicos?, ¿La buena imagen de los gobiernos está por encima de la construcción real de una mejor sociedad?, ¿Qué podemos hacer para priorizar los objetivos colectivos de largo plazo por encima de los intereses individuales inmediatos que nos distraen día a día?, ¿El valor de un ciudadano es directamente proporcional a su nivel de estrato socio – económico?

Mientras encontramos la respuesta a estas preguntas, todos y cada uno de nosotros deberíamos avanzar desde nuestro campo de acción, desde nuestra ciencia, arte u oficio,  por modesto que sea, e implementar soluciones reales a los problemas que nos afectan evitando caer en análisis y discursos críticos, vehementes y pretensiosos que en nada transforman las problemáticas planteadas porque no tienen anclaje en la realidad. 

Nos corresponde aprovechar de la mejor manera los recursos materiales e inmateriales que Dios nos ha dado para hacer que nuestra ciudad siga siendo un escenario de oportunidades, donde sea posible alcanzar nuestros sueños, donde florezca el ser humano y donde la mediocridad y la indiferencia no encuentren espacio para ahogar nuestra calidad de vida.  Debemos entender que la solución a nuestros problemas está en nuestras manos y solo con optimismo, disciplina, creatividad y honestidad podremos avanzar, porque tenemos la capacidad de superar las situaciones que nos afectan y que nosotros mismos hemos creado, créanlo, entre todos podemos. Tenemos que advertir  que nuestro bienestar nunca será completo si nuestros conciudadanos afrontan dificultades, de allí la importancia de hacer lo que esté a nuestro alcance para mejorar la calidad de vida propia y ajena, en materia de desarrollo económico y de crecimiento personal, impregnando nuestro entorno con un comportamiento cívico y dando ejemplo con nuestros valores. Al construir un mejor entorno para todos con más y mejores oportunidades podremos cerrarle espacios a la cultura del dinero fácil y del menor esfuerzo, que tanto daño nos hace al crear desidia en nuestros jóvenes y fortalecer las estructuras delincuenciales. 

Esta lamentable tragedia nos debe recordar la importancia del compromiso, el trabajo y el esfuerzo colectivo, ya que no podemos aceptar que en nuestra ciudad mueran personas a causa de la desidia institucional. En esta tragedia sobraron las argumentaciones acomodadas para escurrir el bulto de la responsabilidad por la falta de acciones, pero faltó una muestra seria de responsabilidad por parte de la administración. Faltó una muestra vehemente de solidaridad por parte de toda la ciudadanía para con esta familia y está pendiente una acción de justicia en la que los responsables de estas muertes asuman su responsabilidad. Pero por sobre todas las cosas nos queda el desafío de crear las condiciones para fortalecer en cada uno de los actores sociales su responsabilidad en la construcción de una cultura del Bien Común.

viernes, 7 de febrero de 2014

Ciclo de Participación Política y Social

“Si todo te da igual; estás haciendo mal las cuentas”.
Albert Einstein

La participación política y social es un elemento inherente a la democracia y es a su vez un derecho y un deber de todos los ciudadanos. Dadas las características de nuestra forma de gobierno, necesitamos una ciudadanía comprometida con el devenir de la sociedad en sus diferentes aspectos temáticos a nivel local, distrital, municipal, departamental y nacional. Necesitamos avanzar en la construcción de una ciudadanía como la propuesta, entre otros[1],  por Adela Cortina, es decir una “ciudadanía activa que tenga derechos pero que también sea capaz de asumir sus responsabilidades”, y que no reduzca  el desafío de la construcción de ciudadanía únicamente al acceso y protección de los derechos, ya que desde esta perspectiva de ciudadanía activa es posible comprender que “no sólo el Estado debe intervenir en el proceso de construcción de la ciudadanía sino también la sociedad, y por otra parte, el status de ciudadano no se agota con el acceso a los derechos”[2].

La participación política y social es un derecho consagrado en el artículo 40 de nuestra constitución, las instituciones y nuestros conciudadanos nos deben brindar (y nosotros a ellos) los espacios para participar de los asuntos de interés colectivo respetando la pluralidad, promoviendo la tolerancia, el respeto y la protección de nuestros derechos y libertades políticas, civiles, sociales y económicas, en el entendido de que son condiciones necesarias para el desarrollo individual y colectivo, además que nosotros también debemos crear estas condiciones para los demás. Asimismo, es un derecho porque al participar de lo público se puede hacer seguimiento o control social a la gestión pública para garantizar que sus resultados sean los esperados y tengan una incidencia real en la mejora de nuestras condiciones de vida. Sin embargo, debemos tener en cuenta que la condición de Ciudadanía “no sólo se expresa en el pleno ejercicio de los derechos, sino que se amplía a prácticas de participación en la gestión y administración que nos conectan con una idea más activa de la ciudadanía social (Rabotnikof, 1993: 88)”[3], razón por la cual debemos entendernos como agentes sociales mucho más complejos, cuya capacidad de participación no se agota en la exigencia del cumplimiento de sus derechos.  

La otra cara de la moneda nos muestra que la participación política y social es un deber porque las dinámicas políticas y sociales que construyen nuestra realidad y determinan nuestro destino colectivo están determinadas por la suma de millones de actos individuales. Nuestras acciones y omisiones, al igual que nuestras decisiones le dan forma a la sociedad que vivimos y en la cual van a vivir nuestros hijos, de allí la importancia de actuar con responsabilidad, dejar de lado la indiferencia y no caer en la cómoda trampa del individualismo, que nos aleja de la construcción de sentido de pertenencia y del fortalecimiento de la solidaridad, que tanta falta hacen en los entornos urbanos, por esta razón “se le exige a la ciudadanía actual la articulación del proceso de gobernabilidad y del proceso de representación a partir del control ciudadano de la gestión gubernamental y de la participación”[4].

Todos tenemos la responsabilidad de construir capital social como elemento fundamental de la mejora sostenible de nuestra calidad de vida y del desarrollo cultural,  político, económico y social, entendiendo que “el capital social puede ser definido, simplemente como un conjunto de valores o normas informales compartidas entre los miembros de un grupo, que permiten la cooperación entre los mismos. Si los miembros de ese grupo aceptan que los demás integrantes del mismo se comportaran en forma correcta y honesta, terminaran por confiar los unos en los otros”[5].

También, debemos ejercer control social para hacer que los recursos públicos (humanos y económicos) estén orientados a la consecución de los objetivos propuestos de manera clara y eficiente, por lo cual es necesario evaluar el proceder de las instituciones y todos los funcionarios públicos, sean estos elegidos por voto popular o no. Es muy importante que el control sobre lo público y nuestra participación política y social se hagan con responsabilidad,  legalidad, objetividad, ética, conocimiento de causa, respeto por los funcionarios y por los demás conciudadanos, además de un claro y fehaciente interés por el bien público y un profundo sentido de pertenencia, entre otras cosas.

Apoyar o manifestar nuestro acuerdo o desacuerdo frente a decisiones tomadas por parte de los funcionarios públicos, denunciar los actos que nos afectan, reivindicar nuestros derechos, cumplir nuestros deberes y respaldar a quienes representan nuestros intereses en el marco de la legalidad, son acciones que permiten avanzar en la construcción de una democracia en la cual exista una retroalimentación adecuada entre las instituciones y la ciudadanía, por esta razón es necesario que las instituciones estén en condición de facilitarle a la ciudadanía información, espacios de consulta, la posibilidad de proponer iniciativas, de deliberar, de decidir y ejercer control sobre la gestión pública. Pero por sobre todo, las instituciones públicas deben cumplir con la palabra dada dentro de los tiempos propuestos, ya que solo así se pueden construir relaciones de respeto y confianza por las instituciones y se garantizaran el respaldo y la credibilidad en los compromisos a los que se llegue en desarrollo de las instancias de participación.

Existen espacios de participación formal e informal, dependiendo de si están reglamentados en normas concretas o no, pero en ambos casos podemos encontrar la naturaleza democratizadora, deliberante y participativa de nuestra sociedad. Ejemplo de un espacio formal es la revocatoria de mandato, mientras que un espacio de participación informal son las redes sociales y el manejo que desde allí se da de los debates de carácter político en nuestra nación, el control social y la denuncia que se hace cuando piezas de comunicación son creadas y compartidas por la ciudadanía, dejando de lado el protagonismo de los medios de comunicación en materia de información y análisis de los temas de actualidad, en este momento de la historia, los ciudadanos tenemos un rol cada vez más importante en materia de comunicación y difusión de la información de nuestro interés con todos nuestros familiares y amigos. 

Iniciamos esta publicación con una frase de Albert Einstein en la que se llama la atención sobre el error de la indiferencia y la apatía: “Si todo te da igual; estás haciendo mal las cuentas”. Es necesario que avancemos en la construcción de una ciudadanía que asuma con compromiso y solidaridad su condición de Ciudadanía Activa ya que “en esta visión cobra centralidad el desarrollo de espacios públicos, diferentes del Estado, como expresión de autonomía y vitalidad de la sociedad civil. Por ello, la ciudadanía activa exige ser sujeto de derechos y ser sujeto de la construcción pública común, es decir constituirse en actores en la creación de espacios, intereses y discursos públicos con sentido de identidad y pertenencia a una determinada comunidad política. Esa comunidad política debe establecerse sobre relaciones de interdependencia, responsabilidad, solidaridad y lealtad entre sus miembros”[6].






[1] “En esta línea de pensamiento se ubica Hannah Arendt, quien considera a la ciudadanía como el espacio de construcción de lo público (Arendt, 1993: 75). En este espacio público cobra centralidad la noción de la política basada en la idea de ciudadanía republicana, esto es, en el valor e importancia del compromiso cívico y de la deliberación colectiva en todos los temas que afectan a la comunidad política. Esta dimensión activa de la ciudadanía pone el acento en las responsabilidades que los sujetos tienen con la comunidad política a la que pertenecen y exige no sólo un discurso sino también un accionar comprometido con el interés general y el bien común. Frente a esta postura podemos advertir que las concepciones pasivas reducen el problema de la ciudadanía al simple acceso a los derechos”. En: Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 47.
[2] Ibíd. Pág. 46.
[3] Ibíd. Pág.47.
[4] Ibíd. Pág. 51.
[5] Lara Nelson, “Capital social, participación política y abstención electoral. Perfil de la abstención desde la óptica del capital social”, Ediciones Edgartorre Libros, Madrid, 2005, Pág. 81.
[6] Op.cit. Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 48. 

Bogotanos: a estudiar la hoja de vida de los candidatos.

Cuando una persona busca trabajo debe hacer una carta de presentación en la cual sintetice algunos aspectos personales, académicos y laborales que les digan a los demás quien es, cuál es su formación, cuáles son sus logros académicos y laborales, su experiencia, etc.; para que la persona que la estudia sepa si esta persona cumple con los requerimientos para desarrollar de la mejor manera determinada labor y entrar a formar parte de un equipo de trabajo de manera armónica, sumando al propósito misional de la institución o la empresa. A ese documento se le conoce como hoja de vida y cada quien la presenta según sea su grado de formación, su experiencia y sus habilidades.

Todos en algún momento hemos entregado o vamos a entregar nuestra hoja de vida con el propósito de ponerla a consideración para conseguir trabajo en una empresa o institución, desarrollar nuestro potencial en beneficio colectivo e individual  y además recibir una remuneración económica que nos permita vivir de manera digna, para acceder a condiciones de  bienestar que nos permitan satisfacer nuestras necesidades y las de nuestros seres queridos,  todos queremos llegar con ellos a la cúspide de la pirámide propuesta por el psicólogo estadounidense Abraham Maslow y logar un nivel de crecimiento y autorrealización satisfactorio.

Pirámide de Maslow
Después de entregar nuestra hoja de vida inicia un proceso de selección, en el cual se escogerá a la persona o a las personas consideradas más idóneas para determinada labor, en ocasiones no seremos los llamados, en otras oportunidades conseguiremos el trabajo que buscamos, es en ese momento donde inicia nuestra oportunidad de ofrecer un trabajo honesto y de calidad para nuestros empleadores y nuestra sociedad.

De la misma forma en que nuestra hoja de vida es sometida a observación para ser contratados y desempeñar alguna actividad laboral, en temporada de elecciones muchas personas ponen a nuestra consideración la suya para votar a su favor y acceder a los cargos de elección popular; es allí donde debemos asumir de manera responsable nuestro rol de seleccionadores, ya que con nuestro voto podemos apoyar personas con las capacidades académicas, profesionales, éticas, experiencia y honorabilidad para desempeñar aquellos cargos desde los cuales se debe trabajar por el bien público o  por el contrario, si elegimos mal podemos hacer que personas sin estas capacidades y sin la motivación real de trabajar por el bien público ocupen estos espacios, desde los cuales poco o nada pueden hacer por construir una mejor sociedad. 

Voto
Para dimensionar la importancia que reviste nuestra elección vamos a tomar un ejemplo del sector privado: los CEO (Chief Executive Officer).  Dentro de la dinámica empresarial se han abierto espacio estas tres letras, que hacen referencia al principal responsable del manejo de una empresa;  Howard Shultz  (CEO global de Starbucks), Jeffrey P. Bezos (Amazon.com), Yun Jong – Yong (Samsung Electronics), Robert Iger (Disney) y John Chen (BlackBerry) son algunos de los CEO más reconocidos a nivel mundial, a todos los caracteriza su liderazgo, inteligencia, responsabilidad y compromiso con el buen funcionamiento de sus compañías, ya que de esto dependen miles de puestos de trabajo, la mejora en la prestación de sus servicios, la calidad de sus productos, todos los aspectos que de manera colateral impactan el desarrollo económico y social de las sociedades en las cuales tienen influencia y la rentabilidad de los accionistas. Ellos y todos los CEO, de grandes y pequeñas empresas, sean famosos o no, tienen la responsabilidad de motivar a todos sus colaboradores para sacar adelante las empresas de las cuales derivan su sustento económico, deben liderar con ética, ejemplo, claridad y honestidad estos equipos de trabajo para hacer frente a las dinámicas económicas y sociales cambiantes en la sociedad global y responder por las decisiones de carácter administrativo que hayan tomado, o dejado de tomar ante sus accionistas, sus compañeros, la sociedad, las instituciones y los consumidores. La elección de estas personas no se hace de manera abierta y democrática, muchos de ellos han fundado estas empresas y quizá esta sea la razón por la cual trabajan con tanto compromiso y lealtad para hacer que estos proyectos que alguna vez fueron la idea de un soñador no se caigan  sino que por el contrario se sostengan y crezcan, en otros casos, las personas que llegan a ocupar estos cargos han  sido seleccionadas después de una rigurosa revisión de su hoja de vida por parte de los miembros de las juntas directivas, quienes son conscientes de la importancia de una buena selección y solo nombran personas con probada capacidad para asumir estas funciones y responsabilidades. Amigo lector: ¿Usted cree que se podría nombrar de manera ligera e irresponsable a cualquier persona para liderar una compañía y asumir estas responsabilidades? 

Debemos dimensionar la seriedad y la responsabilidad de la Función Pública, ya que de ello depende el manejo de los temas de interés colectivo. Quienes son electos asumen poderes y competencias constitucionales para ejercer las funciones propias de los cargos a los cuales se postulan, además de una remuneración económica considerable, una mejora sustancial en su calidad de vida y en muchas ocasiones privilegios como vehículos con conductores de la fuerza pública y un esquema de seguridad para garantizar su protección. Lo mínimo que podemos esperar es que la confianza que manifestamos mediante nuestro voto no se vea defraudada  sino que valga la pena, que se compense nuestro consentimiento a elegir a las personas por las cuales vamos a ser gobernados ya que sus decisiones nos van a afectar, y veamos retribuido nuestro voto de confianza con un trabajo serio, inteligente, constante, honesto, coherente y constructivo que mejore nuestra calidad de vida y la de todos nuestros conciudadanos, dándole vida así a la representación política en nuestro sistema democrático que debe propender por el bien público sin olvidar que “el principio de la representación colectiva reviste gran importancia y mantiene actualidad desde el momento que fueron desplazados los fueros medievales de privilegio y se incorpora el principio de igualdad ante la ley”[1].

El escritor y periodista italiano Alberto Pincherle, cuyo pseudónimo era Alberto Moravia, indicaba con mucha razón que “curiosamente, los votantes no se sienten responsables de los fracasos del gobierno que han votado”, es importante recordar que debemos ser muy conscientes de que nuestra elección debe ser responsable, porque si en el sector privado falla un CEO, colapsa o se afecta una unidad económica y a quienes forman parte de ella, pero si fallan los servidores públicos que nosotros hemos elegido se ve afectada toda nuestra sociedad y con ella millones de seres humanos veremos afectada nuestra calidad de vida y las condiciones que vamos a crear para las futuras generaciones no van a ser las mejores. Lamentablemente muchas de las fallas del sector público nos parecen normales, pero lo más grave es que algunas son casi imperceptibles para nosotros y parecieran no afectar a nadie, pero realmente desde lo público se puede construir lentamente un contexto empobrecedor, inseguro, con escasas posibilidades de desarrollo económico, social y humano. Por esta razón, nosotros como ciudadanía debemos actuar como una gran junta directiva para elegir y ejercer control sobre los asuntos que nos conciernen a todos. Las personas que elijamos deben estar en condición de cumplir con las propuestas de campaña, cumplir de manera eficiente con las labores que exige su cargo, al igual que representarnos y tomar posición en las situaciones coyunturales que se presenten en desarrollo de la vida de nuestra nación.

En los periodos electorales tenemos la responsabilidad de evaluar con detenimiento las hojas de vida que son puestas a nuestra consideración para elegir a quienes deben trabajar por construir una mejor Colombia y una mejor Bogotá. De nosotros depende que quienes lleguen allí sean las personas ideales, capaces de hacerle frente a las dificultades de nuestra nación y no personas que se pierdan en el confort y la comodidad de la función pública olvidando el propósito con el cual llegaron a ocupar estos cargos llenos de privilegios, pero más aun de responsabilidades, ya que la falta de efectividad en la Gestión Pública, se nos factura directamente a los ciudadanos. Este es el momento para retirarle nuestro respaldo a quienes han jugado con nuestras expectativas y no han cumplido con lo que nos prometieron. Es el momento para anular a quienes han actuado en contravía del interés general por sus acciones u omisiones, con nuestro voto y nuestro voz a voz podemos ejercer una sanción electoral para quienes se quieren reelegir o aspiran por primera vez a ocupar un cargo cuya dignidad y funciones consideramos son superiores a sus capacidades intelectuales, morales, políticas, éticas y programáticas. Al igual que una junta directiva sancionaría a un CEO por su responsabilidad en la pérdida de valor de una compañía, nosotros los ciudadanos como miembros de una gran junta directiva (nuestra sociedad) debemos sancionar y acabar con la impunidad política, social y democrática de la que gozan algunas personas que declaman arengas a favor del bienestar general, pero con su actuar nos han afectado y no han estado a la altura de las circunstancias en la ejecución de las labores que les hemos delegado.

Debemos abstraernos del ruido, de la contaminación visual y auditiva que se exacerba durante la campaña electoral, confundiéndonos y llevándonos a sobrevalorar las imágenes y los slogan, el engañoso marketing político va a enfilar todas sus baterías sobre nosotros para generarnos una necesidad y ofrecernos una respuesta representada en colores, números, columnas y filas en el tarjetón; nadie puede negar que “la circulación de signos monetarios en momentos pre-electorales llega a su clímax. Cientos de millones de pesos sirven para imprimir los afiches que van a adornar las paredes de los edificios, la casa del poblador tugurial, el vetusto rancho del campesino pobre, y hasta los puentes, los postes y las murallas abandonadas reciben el impacto de la revolución del almidón, de la goma y del afiche. En cierta forma la conducta de las personas logra condiciones a través de esta propaganda masiva. No podemos negar en ningún momento que lo que entra por los órganos de los sentidos se vaya a diluir tan rápidamente no produciendo ningún efecto, para quien ha invertido en él,”[2] de allí la importancia de evitar las distracciones y hacer una muy buena elección, en la tranquilidad del hogar, documentándonos, buscando más información si es necesario y conversando con familiares y amigos, sin renunciar nunca a nuestro propio criterio.

Los invitamos a actuar como miembros de una gran junta directiva y votar por personas capaces de sacar adelante agendas programáticas ambiciosas que nos permitan resolver nuestros problemas presentes sin renunciar a la construcción del futuro que todos soñamos, a votar por personas que promuevan el fortalecimiento institucional y tengan la experiencia suficiente para asumir un cargo para el cual el liderazgo es pieza fundamental para la consolidación de acuerdos honorables en el marco de nuestra democracia, y por sobre todo, los invitamos a votar por personas que hayan demostrado su genuino interés por el bienestar público antes que el particular y el personal, que entienda que debe mejorar la calidad de vida de las personas promoviendo trabajo digno y de calidad para satisfacer sus necesidades básicas y las de sus seres queridos, ya que “mientras el hombre no puede satisfacer adecuadamente esas necesidades, los conceptos de libertad y de democracia son meros sofismas de distracción”[3].

Que Dios Bendiga a Colombia y a Bogotá.






[1] Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 44. 
[2] Ávila Abel, “Abstención y anticarisma en Colombia”, Ediciones Universidades Simón Bolívar, Primera Edición, 1980, Pág. 57.
[3] Ibíd. Pág. 20.

En Bogotá y nuestra querida Colombia el voto ni se compra ni se vende

Muchas de las acciones que se desarrollan en nuestra sociedad nos parecen normales, pensamos que por formar parte de nuestros hábitos o costumbres, cuentan con una validación que les brinda legitimidad, sin embargo, debemos recordar que: la compra de objetos robados, la compra de productos de contrabando, la corrupción, conducir vehículos en estado de embriaguez, el plagio o copia en los centros de formación académica, dar dinero a drogadictos y delincuentes, sentarse o acostarse en el fuelle de TransMilenio, entre otras, son acciones que forman parte de nuestra cotidianidad y nos hacen daño  a todos como sociedad. Tenemos pendiente darle respuesta a estos problemas, y especialmente a una acción que aunque solo se presenta en época electoral, nos afecta durante mucho más tiempo: la compra y venta de votos.

Aunque hoy nos parezca normal tener derecho al voto, debemos recordar que este es un logro histórico cuya importancia radica en que “la extensión del sufragio termina con los privilegios e incrementa la participación activa de los ciudadanos en los asuntos públicos”[1],  muchas personas a lo largo de la historia fueron excluidas de este importante derecho político por su condición económica, de género, etc., y cientos de miles de compatriotas han regado con su sangre el árbol de la democracia que hoy vivimos.

Nuestro voto debe ser el resultado de un proceso de evaluación de las propuestas y hojas de vida de los candidatos, con nuestro apoyo podemos hacer que la función pública esté en manos de personas  idóneas; personas que sean capaces de “1) defender los intereses de los ciudadanos de forma que cuanto hagan lo ordenen a ellos, olvidándose del propio provecho; y, 2) velar sobre todo el cuerpo de la República, no sea que, atendiendo a la protección de una parte, abandonen a las otras”[2]. 

Con un voto bien informado podemos evitar la corrupción y la captura del Estado por parte de quienes ya han demostrado no merecer estas dignidades y de quienes quieren anteponer una agenda llena de intereses privados legales e ilegales sobre el bien público.  También podemos acabar con los llamados caciques políticos y con los delfines que ahogan la democracia. Si por el contrario, seguimos votando por los mismos o por los hijos de ellos, van a seguir teniendo vigencia las palabras de quienes afirman que “la sociedad colombiana ha institucionalizado la forma del voto como un rasgo cultural o instrumento político para legitimar el principio de autoridad y conferir “poder legal a la clase dominante, la cual ha organizado sistemáticamente este proceder electoral a través de los cuerpos colegiados: Senado, Cámara, Asambleas y Concejos Municipales”[3].

Para solucionar este problema se hace necesario que nos informemos acerca de la gestión y hoja de vida de quienes buscan la reelección y de quienes lo hacen por primera vez, ya que los costos de una mala decisión o la falta de trabajo de quienes resulten elegidos se verán reflejados en nuestra vida diaria. El descredito y la desconfianza que muchos ciudadanos tenemos frente a las instituciones públicas, la democracia representativa, la justicia, la fuerza pública, los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, no nos deben llevar a la trampa de la abstención, ya que esta no es un agente de cambio, lo mejor que podemos hacer es informarnos y apoyar a personas probas que estén en condición de ser guardianes del bien público. Fortalecer la confianza de la sociedad civil en las instituciones democráticas es una responsabilidad de todos y sin lugar a dudas el punto de partida es una participación política y social activa, honesta y responsable, ya que no podemos desconocer que en ocasiones algunas personas inician la degradación de la democracia votando por quien le brinde un beneficio material directo, tangible y de corto plazo, sin importar que todos tengamos que pagar su decisión en el largo plazo. 

Dentro del grupo de candidatos que aspiran a los cargos de elección popular habrá quienes se distancien de las legítimas estrategias de carácter electoral y aseguren que para contar con el respaldo de la población es necesario ofrecerle en campaña de alguna manera algún tipo de  TLC para asegurar su voto, es decir: Tamal, Lechona, y Cerveza; o, Teja, Ladrillo y Cemento. Por simpático que parezca, esta es una práctica que se puede presentar en los sectores populares, donde las condiciones de vida hacen que el voto de opinión languidezca y el correcto ejercicio de ciudadanía sucumba frente a un intercambio aparentemente provechoso en el corto plazo, haciendo del voto una mercancía transable.

Otra forma de vender nuestro voto y denigrar nuestra sociedad es votar por quienes prometen la construcción de un paraíso asistencialista e instrumentalizan como promesas de campaña la asignación de recursos del erario público para anular a los ciudadanos como personas capaces de desarrollarse personal, política, económica y profesionalmente para hacerse cargo de su vida y de sus seres queridos en el marco de un fortalecimiento de nuestra institucionalidad, de nuestra economía y nuestra cultura.

Quienes ofrecen este tipo de paraísos terrenales del menor esfuerzo, la división de clases y la discordia crean un círculo vicioso en el cual el ciudadano siempre va a depender de su gestión para satisfacer sus necesidades, creyendo que los programas de ayuda son ofrecidos por los políticos y no por nuestras instituciones, ignorando ingenuamente que lo único que hacen esos “nobles” políticos es capitalizarlos electoralmente, de esta manera no se fortalece el Estado sino unas estructuras de carácter clientelista y electoral que engrandecen a los enanos intelectuales, morales y políticos a quienes siempre tendrá que acudir el ciudadano, quien con su voto le da vida a estas estructuras tan dañinas para nuestra sociedad.

No podemos entregar nuestro voto a quienes con grandes discursos nos prometan una nación en la cual crezcan los subsidios y el asistencialismo mientras se empequeñece el individuo y con él, la ciudadanía; recordemos la siguiente reflexión del Presidente de la Organización Demócrata Cristiana de América, Jorge Ocejo Moreno: “El esfuerzo con logros fortalece el ánimo y la fe en cada persona. Los programas de apoyo alimentario y de subsidio, que son necesarios en forma subsidiaria pero no permanente, son indispensables para ayudar a los más desprotegidos a integrarse totalmente al trabajo y al desarrollo. Pero si no tienen esas características, van originando el deterioro al amor propio y de la propia dignidad”. Por esta razón, nuestro voto debe apoyar a quienes promuevan una cualificación y fortalecimiento institucional que generen las condiciones para la mejora de nuestra calidad de vida, pensando siempre en proyectos de largo plazo que permitan la consolidación de una gran nación para nosotros y las futuras generaciones, en la cual los logros sociales y políticos se institucionalicen y no se conviertan en el comodín político de quienes en beneficio propio degradan la democracia y quieren hacer de los logros sociales moneda corriente para obtener intereses, rendimientos o resultados electorales.

Es momento de seleccionar a los mejores para que nos representen y trabajen por nosotros, para ello es necesario que evaluemos partidos, candidatos, propuestas programáticas y conozcamos la mecánica electoral, entendiendo que nuestra participación no se agota en las urnas de votación y debemos hacer seguimiento a la gestión de quienes resulten electos en la contienda electoral, para respaldarlos cuando sea necesario y exigirles trabajo, coherencia, honestidad, gestión y resultados, no solo a los individuos, sino a los partidos, en el entendido de que “un partido político es un grupo de personas que comparten opiniones, principios y proyectos.”[4]

No debemos apoyar a quienes haciendo uso de sus graneros electorales se muestran fuertes en las elecciones y consiguen los cargos de elección popular propuestos, pero después, en desarrollo de sus funciones brillan por su ausencia, falta de compromiso o por la inutilidad o impertinencia de sus propuestas. Hay personas que se pierden en las mieles de la función pública y durante su periodo de elección privilegian el Yo, olvidando las declamaciones y arengas en las cuales prometían luchar por el bien público de todos Nosotros. A estos políticos los podríamos llamar gigantes electorales discapacitados para la ocupación de lo público y el correcto ejercicio de sus funciones. Si conoce a alguno de ellos, recuerde que no debe votar por él, esos espacios deben estar ocupados por los mejores.

Frente a los desafíos que afrontamos como sociedad, lo último que podemos hacer es degradar nuestro voto y convertirlo en una mercancía transable. Antes de salir a votar, debemos preguntarnos ¿Qué sociedad queremos? No podemos olvidar que las decisiones de las personas que elegimos nos van a afectar de manera positiva o negativa a todos y cada uno de nosotros, durante un largo periodo de tiempo y en el caso de nuestra querida Bogotá, está en juego el bienestar de cerca de 8 millones de personas, en el centro de desarrollo económico, político, y social de nuestra nación, además de ser el epicentro de formación académica y cultural, el centro administrativo de Colombia, la principal ciudad receptora de turismo, el polo de progreso de nuestra nación en el cual los Bogotanos y miles de compatriotas buscan más y mejores oportunidades laborales y académicas para lograr una mejor calidad de vida y por sobre todo nuestro hogar y el de nuestros hijos.



[1] Levín Silvia, “Los desafíos de la ciudadanía en las sociedades contemporáneas”, En: Revista SAAP, Vol. 2, Nº 1, Pág. 44.
[2] Brenes Villalobos Luis Diego, “Pensamiento ciceroniano sobre el rol del ciudadano ‘Sobre los deberes’”, En: Revista Derecho Electoral, Nº 15, Julio-Diciembre, 2012, ISSN: 1659-2069, Pág. 51.
[3] Ávila Abel, “Abstención y anticarisma en Colombia”, Ediciones Universidades Simón Bolívar, Primera Edición, 1980, Pág. 42.
[4] Acosta Raúl, “Cada opinión cuenta. Votar implica decidir qué comunidad queremos todos”, ISBN: 978-968-6445-97-8, Petra Ediciones, México, 2010, Pág. 25.

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